—¡Qué desdicha tan espantosa! —exclamó Águeda anegada en llanto—. ¡Separada de él en la tierra... y eternamente separados después!
—¿También allá!
—Sí, doctor... Murió rebelde, impenitente... ¡el único delito que no cabe en la misericordia divina!
—¡Quién sabe si hubo un instante en los postreros de su existencia!...
—¡Virgen María!... ¡si eso fuera verdad!... ¡Cuánto se lo he pedido á Dios al verle tan cegado por el error!
—Reza, hija mía, reza; reza siempre por él... ¡y reza también por su padre, que bien lo necesita!
—¡Por usted, doctor!... Pues ¿por ventura cree usted en la eficacia de la oración!
—¡Yo no sé, hija mía, qué es lo que creo ya, ni lo que dejo de creer! ¡Lo único que á mis ojos no tiene duda, es la inmensidad de mi desgracia y la de mi dolor sin consuelo!
Abatió la cabeza entonces; ocultó la cara entre las manos, y lloró mucho. Irguióse después; elevó los ojos, turbios por el llanto, adonde tan pocas veces los había elevado, y exclamó entre gemidos y lágrimas:
—Si este martirio que me acongoja es un castigo del cielo... Señor, ¡tremenda es tu justicia!...