—Pues declarado... y lo firmo con otro abrazo, con el cual serán...
—Cinco, si no erré la cuenta —concluyó el doctor abrazando otra vez al gallardo mozo.
—¡Hasta luégo, padre tirano! —díjole éste por despedida, desde la puerta, volviendo el rostro bañado en una sonrisa.
—¡Hasta siempre, hijo mío! —respondió el padre, contemplándole embelesado.
VI
DON SOTERO