—En Santander, adonde la llevó la necesidad de los baños de mar, como á mí.
—¿Y también á su hija?
—Su hija la acompañaba: cosa muy natural.
—¡Demonio! ¿Si irán por ahí las corrientes que yo busco?
—¿Otra vez la manía? —dijo Fernando ocultando mal la preocupación en que había caído—. ¿Acabamos de firmar la paz, y ya quieres romper los tratados?
—Tienes razón —respondió su padre, nada resignado.
—Pues mira —añadió aquél levantándose—, para que no vuelvas á caer en semejante tentación, voy á dejarte solo por un rato. ¿Lo permites?... Considera, implacable doctor, que necesito también descansar un poco de las fatigas del viaje que acabo de hacer.
—Es muy justo. Pero antes de marcharte, y sin que esto transcienda siquiera á intento de revisión de tratados, declárame que en lo de marras no he sido un visionario.
—¿Y eso te satisface, viejo fisgón?
—Por ahora.