—¿Y quien á tí te llamó para asistirla fué su hija?
—Ya te lo he dicho... Por cierto que es una rubia preciosa.
—¡Transcendental suceso! —murmuró Fernando, como si respondiera á sus propios pensamientos.
—¿Y qué sabes tú de eso? —le preguntó su padre con acento de extrañeza—. Pero ahora noto que te llega muy á lo vivo el cuento... ¿Por qué?
—Porque conocía y trataba á esa señora.
—¡Hombre, si dicen que era una beata de todos los demonios!
—¿Y eso qué?
—Que no cabían alianzas entre sus ideas y las tuyas.
—No obstante, la traté mucho y tuve ocasión de apreciar su buen talento, muy de continuo turbado por hondas cavilaciones.
—¿Y dónde la conociste y la trataste?