—Con un abrazo —dijo Fernando levantándose.

—Y será el cuarto —concluyó el doctor abrazando á su hijo.

Vueltos á sentar, se expresó de este modo el susodicho Peñarrubia:

—Sábete que ayer, no bien anocheció, recibí con un propio una carta llena de lágrimas. Firmábala una hija, cuya madre se hallaba en peligro de muerte, é imploraba el auxilio de mi ciencia y de mi experiencia para salvarla. La sencillez del lenguaje, la profundidad del sentimiento en él reflejado, la hora, el estado de mi ánimo, ó todo esto junto, ó una veleidad de mi naturaleza, en ocasiones mal avenida con el rígido aislamiento á que la tengo sometida diez años há, inclináronme á responder afirmativamente. Mandé ensillar un caballo, y púseme en seguimiento del hombre que me había traído la carta... ¡y cuidado que la noche estaba poco seductora! Llovía á mares, y comenzaba á tronar. Cuando llegamos á la hoz, ¡qué espectáculo, Fernando! Aquello parecía el fin del mundo. Hora y media tardamos en atravesarla. Por fin, llegamos á Valdecines...

—¿Á Valdecines?

—Á Valdecines. Cierta señora, de apellido Rubárcena, estaba agonizando.

—¿Doña Marta?

—Ese era su nombre. Moríase, por de pronto, de una pleuro-neumonía agudísima; y digo «por de pronto,» porque sospecho que también la mató la asistencia de cierto romancista que pretende curarlo todo con zaragatona.

—¡Es decir, que se ha muerto esa señora? —exclamó Fernando.

—Á las dos de la madrugada.