—¡Ea! pues por arrodillado.

—Perfectamente. Y dime ahora: ¿qué demonios te sucede; qué te pasa? ¿Tienes, como dicen los inocentes trovadores, el corazón cautivo? ¿Existe por allá alguna mujer que te haya hecho pensar que vale el sexo para otra cosa que estudiar en él un ramo de las bellas artes, ó la anatomía?... ¿Amas con la pulcra é inmaculada pasión de los Lenios y Ricardos?... No cuadra eso mucho que digamos con tu profesión; pero es de la edad, y transigiré... ¿Devórate el impuro fuego de la codicia de la mujer ajena? ¿Es libre, y soltaste por armas de ataque promesas que deseas recoger después de la victoria?... ¡Qué diablo! no te apures en ninguno de los casos: lances son, hijos legítimos de la pícara condición humana. Su ley y la de las conveniencias sociales, son incompatibles; á una de ellas hemos de faltar necesariamente. En la duda, opta siempre, hijo mío, por lo más cómodo, y ríete de los caballeros andantes que te motejen; pues todos son locos en este siglo que corre... ¿No va por ahí el conflicto?... ¿Es de otro género?... ¿Deudas, quizás, por el empeño de brillar un poco más de lo que se puede?... Más debe el Gobierno, y es un caballero muy respetable... ¡y eso que no paga! ¿Has jugado? Pasión es que envilece, siempre que se juega por el ansia de ganar; pero, en fin, no deshonra cuando se juega con lealtad. Lo que deshonra es la estafa; y de este caso de presidio no hay para qué hablar entre caballeros... Sigo investigando con otro rumbo. ¿Sientes eso que llamamos alma, soledosa y acongojada? ¿Alcanzóla alguna chispa del fuego divino? ¿Abrúmala el peso de las herejías de toda tu casta? ¿Te sientes llamado hacia la buena senda, por la gracia teológica? Carne flaca somos tú y yo, Fernando, como el más estúpido, y de todo se ha visto... ¡Ja, ja, ja! ¡qué cara de penitente se te ha puesto!... Una de dos: ó me oyes como quien oye llover, ó te ha dado el tiro en medio de la conciencia.

—Ni lo uno, ni lo otro —respondió Fernando saliendo de la preocupación, ó del aburrimiento, en que le habían hecho caer las palabras de su padre—. Te oigo, como debo oirte esa sarta de conjeturas enteramente caprichosas, que, por convenir á muchos, no pueden interesar á nadie.

—Eso se llama huir del enemigo.

—No, pero capitulo si quieres; y eso, por terminar cuanto antes este ocioso altercado que nos roba un tiempo precioso.

—No es mucho conceder, pero es algo... ¿Condiciones?

—Que me refieras tu aventura de anoche... se entiende, si licet...

—¡Oro molido que fuera, ángel de Dios! Y ¿qué ofreces tú?

—Ponerte la conciencia en la palma de la mano, á su tiempo y sazón.

—No se hable más del caso, y firmemos la paz.