—¿No es hoy el día de decirlas? ¿Por qué me pides permiso?

—Pues óyeme ésta más: desde que te has reído de mis reparos á tus cartas, tengo el convencimiento de que no soy visionario.

—¡Verás, doctor obcecado, cómo al fin me haces cojear, empeñándote en que cojeo!

—No es ese mi propósito, sino otro muy distinto... Y, sobre todo, hijo mío, entiende que si muestro tanto empeño en revolver los fondos de tu corazón, no es á título de juez severo, sino de amigo cariñoso. ¡Jamás te perdonaría que me hicieras el agravio de olvidarte de mí en las grandes crisis de la vida!

Como al hablar así se conmoviera un tanto el doctor, Fernando se levantó presuroso y le dió un estrecho abrazo.

—Bien está eso —le dijo su padre dejándose abrazar—; pero no basta... Toma un cigarro de éstos, ¡cosa buena! Los he reservado para tí.

—¡Hola! —exclamó Fernando después de recibir el cigarro—. ¿Apelas al soborno también? Á fe que el cebo es tentador.

—Ahora lo veremos... Conque, un poco de resolución, y venga tu conciencia al anfiteatro para que la hagamos la autopsia... ¡y digo! entre dos doctores. ¿Qué más honra puede apetecer la muy pícara?... ¡Ah! no olvides que soy confesor de ancha manga; ni tampoco que, según oí decir á mi madre (y aún creo que anda en vigor la ley entre la gente negra), es un pecado enorme el ocultar el más leve en el tribunal de la penitencia.

—¿Á que eres capaz de negarme la absolución sin haberme arrodillado á tus pies, confesor sin entrañas?

—Verás qué chasco te llevas si te arrodillas.