—Por eso no juego al trompo como cuando tenía diez.

—Pero podías pensar como pensabas hace ocho meses. Y por cierto que entonces, y en este mismo sitio, te pregunté en vano por la causa del primer síntoma que en tí noté de esa real ó supuesta enfermedad. Atribuíla á meditaciones propias de las tareas á que te dedicabas en aquellos días, ó á la nostalgia de la corte; y no dí importancia al fenómeno. Pero fuiste á Madrid, saliste airoso del empeño del doctorado, y más tarde adquiriste un ruidoso triunfo en el Ateneo; y, sin embargo, la tinta de melancolía que dió en empañar aquí tu regocijado semblante, continuó velando las forzadas bizarrías de tus cartas.

De buena ó de mala gana, Fernando soltó una ruidosa carcajada al oir esto. Su padre, después de contemplarle unos instantes, le dijo:

—¿Olvidas que soy médico viejo?

—¿Por qué me lo preguntas?

—Porque no me equivoco jamás en achaques de carcajadas.

—¿No acabas de reprenderme por serio y meditabundo? Pues ¿cómo me quieres?

—Franco y desengañado.

—¿Volvemos á la manía? ¡Á que acabas por ponerte serio, tú que te ríes hasta de la muerte!

—¿Quieres que te diga la verdad, Fernando?