—En las mías te lo dije: demasiada formalidad; algo como propensión á la melancolía; síntoma de un cambio de carácter, que no me agrada. Prefiero el desenfado y la despreocupación que te han acompañado hasta ahora. Esto revela equilibrio en los humores; lo otro acusa un malestar peligroso... Entiende que te quiero despierto y profundo; pero no sabio y quejumbroso.

Fernando se echó á reir, y luégo dijo:

—¿Todavía insistes en ese tema?

—Todavía.

—Pues yo insisto en que te vas haciendo viejo.

—¿Porque me juzgas aprensivo?

—Y hasta visionario.

—¿Quieres que leamos algunas, y las cotejemos con las de tiempos atrás?

—¡Vea usted lo que son estas eminencias fuera de su especialidad! Mortales de tres al cuarto. ¿Olvidas, doctor ilustre, lo que tantas veces has alegado á la cabecera de tus enfermos, por causa mediata de determinados padecimientos? ¿Olvidas, en fin, que los años no pasan en balde?

—¡Los años... y acabas de cumplir veinticinco!