—Respeta mi fuero interno, muchacho; que no es oro todo lo que reluce.

Siguió el diálogo todavía un buen rato sin elevarse á cosa de más importancia, hasta que entró en la sala un mocetón, exótico, por la traza, con el desayuno pedido, en amplia bandeja de latón que al oro remedaba por el color y lo reluciente. Sirviéronse mutuamente padre é hijo, en sendos tazones de porcelana, café y leche á la medida de los respectivos gustos; y mientras revocaban ambos con la dorada manteca del país las tibias rebanadas de pan, habló así el viejo doctor:

—Puesto que hemos convenido en que sea hoy para nosotros el día de las grandes claridades, dígote, hijo, que no fuí exacto al declarar hace un momento que estaba contentísimo de tí.

—¿Esas tenemos ahora, padre cruel?

—Sí, hijo descaminado, esas tenemos.

—Y ¿cuál es mi pecado?

—Tus cartas.

—¡Mis cartas! ¿Á quién?

—Á mí.

—¿Y qué hubo en ellas que te desagradase?