—¡Adulador! —respondió Peñarrubia, estrechando contra su pecho al joven—. Esa lisonja te honra; pero, al cabo, no pasa de lisonja.
—¡Remilgos, y á tus años! ¿Ahora te da por hacerte el pequeñito?
—Ó por no consentir en que te desprendas de lo que en justicia te pertenece.
—Ahora me adulas tú.
—Nada de eso. Estoy contentísimo de tí, y éste es el momento más oportuno para decírtelo. Lo mismo le aprovechara para reprenderte, si, en mi concepto, lo merecieras... ¡Por remate de tu carrera, dos campañas gloriosísimas!... ¡Napoleón sin Waterloo! Fué un hermoso atrevimiento tu tesis doctoral; pero la proeza del Ateneo, por más ruidosa, fué más radiante. ¡Y qué asunto para un orador de tus bríos, en los días que corremos! «La conciencia es una serie de fenómenos en el tiempo... los hechos materiales y espirituales son producto de una fuerza única; todo se reduce á sensaciones: el milagro es imposible.» ¡Magnífico! Te admiré y te aplaudí, dudando si excedió á la magnitud de la causa la valentía de la defensa. ¡Dígote que honrarás el nombre que llevas, ó no habrá justicia en el mundo!
—¿Olvidas, lisonjero, lo que pesa ese nombre en la profesión que voy á ejercer?
—¡Vamos, señor modesto, que buenas espaldas tienes para pasearle en triunfo por la faz de la anchurosa tierra!... Te advierto, para tu tranquilidad, que no soy celoso.
—¡Gran virtud!
—¿Te burlas de ella? Pues no abunda.
—Conoces lo que vales, y te juzgas invencible.