—Á cuerpo de rey, hijo. ¡No lo hubiera creído á no verlo!
—¿Por qué?
—Por la fama que tengo en el país... digo, que tenemos. En virtud de esa fama, lo procedente era darme solimán, y servido con pala, desde lejos.
—¡Qué exageración!
—¿Lo crees así?
—Y lo pruebo con tu mismo testimonio: te han tratado á cuerpo de rey.
—Es que me necesitaban; y además, hay criterios y criterios...
—¿Sabes que estás excitando en alto grado mi curiosidad?
—¿Sí? Pues castigo tu pecado reservando la historia para después. Ahora, hijo mío, hablemos de tí... y de mí... de nosotros, ¿entiendes? de nosotros, ¡de lo único que me interesa en el mundo! Quédense sus miserias y sus pompas para las almas piadosas y las cabezas vacías... y, por de pronto, señor doctor, venga esa mano á estrechar la que te ofrece este viejo colega jubilado.
—La mano es poco —dijo Fernando levantándose y siguiendo el humor de su padre—; los brazos quiero, no del colega, sino del sabio maestro á quien respeto y admiro.