—De vuelta ya... ¿Qué te parece, Fernando? —respondió el doctor sin acabar de desprenderse de los brazos de su hijo, pues no era otro el recién llegado. Luégo continuó—: ¿Y qué me dirás cuando sepas que anoche no he dormido en casa?
—¡Eso más, calaverón?
—¡Resabios, hijo, de la mala vida pasada!... Pero ya trataremos de esto. Por de pronto, subamos y hablemos, si es que acierto; pues te aseguro que desde que te marchaste, siete meses há, no he cambiado hasta anoche diez palabras con el género humano, en el supuesto de que no pertenece á él mi epicena servidumbre.
Subieron asidos del brazo padre é hijo, como dos alegres camaradas; entraron en la sala de estudio del doctor, único punto de la casa en que éste se hallaba completamente á gusto, por lo cual había reunido en él lo mejor y más útil de las cosas de abolengo, y mucho procedente de su casa de Madrid. Quiero decir que abundaban allí los tallados sillones de vaqueta, en estrecha amistad con las muelles butacas de tapicería; los cuadros vetustos de familia, interpolados con las flamantes acuarelas; las cornucopias tradicionales, reflejando mal en las empañadas lunas los étagères de caoba y las ménsulas pulidas sosteniendo bustos de sabios de ogaño; y así lo demás. Ocupaba la bien provista librería uno de los lienzos de la sala, que era muy espaciosa; y en el centro de ésta había una ancha mesa sobrecargada de libros, periódicos, revistas y papeles de todas clases. En medio de aquel desorden estudiaba y escribía el doctor, y en otra mesita contigua se desayunaba cada día, y muy de continuo comía y cenaba. En invierno, porque la habitación, cuyo suelo cubría una alfombra, estaba muy abrigada; en verano, porque desde sus balcones se descubría un hermoso panorama, y porque era muy fresca con las puertas abiertas á los dos vientos á que correspondían sus fachadas.
Antes de sentarse, dijo á Fernando su padre:
—Supongo que no te habrás desayunado.
—Muy bien supuesto —contestó Fernando—, porque reservaba el hambre para quitarla en tu compañía.
—Delicada fineza, á la cual correspondo almorzando hoy dos veces. Arrostro una indigestión por tí. ¡Mira si te quiero!
Llamó el doctor, y pidió el almuerzo de costumbre para los dos. Sentáronse padre é hijo, y éste dijo al primero:
—Á lo que parece, te han tratado bien anoche.