De la puerta que abre al patio en la muralla, sale un camino que en el mismo llano de la meseta se divide repentinamente en dos, echando el uno hacia la hoz, y el otro en dirección contraria; caminos que parecen los brazos de aquel gigante, extendidos para cerrar, por los términos de sus dominios, toda salida á la aldea, que le contempla desde allá abajo, á la sombra de la montaña, sobre rústico y fragante tapiz de flores y entre verdes maizales, con el oído atento á las murmuraciones del río que por detrás de ella se desliza alejándose, como si huyera de manchar sus aguas con las tierras de aquel abominable señorío.
V
LA FAMILIA
Mientras el doctor se acercaba á su casa por el camino de la hoz, por el opuesto subía, con igual rumbo, otro viajero, también á caballo. Hubiéranse hallado frente á frente en lo alto de la meseta, pues casi á igual distancia de ella caminaban, si no lo hubiera impedido un grupo de árboles y malezas que ocultaron al doctor al acabarse el recuesto que iba subiendo poco á poco. Así es que cuando apareció en lo despejado, el otro, sin haberle visto, estaba apeándose en el patio del caserón, ó, como si dijéramos, dentro del rastrillo de la fortaleza. Era el tal viajero gallardo mozo, ligeramente moreno, pálido, con el pelo, los ojos y el bigote negros como una endrina, y los dientes blancos como la porcelana; cabeza, en una palabra, de árabe de teatro, hasta con su desdeñosa melancolía. Vestía un elegante y cómodo traje de camino, y á la legua se echaba de ver que no eran las rústicas asperezas de Perojales las que producían tanto refinamiento y gallardía en una sola pieza.
Llegó el doctor en esto; y en cuanto le conoció, arrojóse del caballo que montaba, no sin que el joven le viera y se lanzara á su encuentro. Abrazáronse estrechamente.
—Pero ¿qué milagro es éste? —dijo al punto el mozo—. ¡Tú viajando!... ¡y á estas horas!