Una cuestión de etiqueta separó al doctor Peñarrubia del cuerpo profesional á que pertenecía en la Escuela; otro asunto de parecido género, relacionado con ella, fué causa de que se decidiera á ahorcar los libros y retirarse á vivir tranquilamente á expensas de lo ahorrado. La prensa, metiéndose, como siempre, en todo lo que no le importa, empezando por lamentarse del suceso, en nombre de la doliente humanidad y de la gloria de la ciencia, concluyó por llamarle ingrato, y hasta por poner en duda el derecho con que un hombre semejante hacía lo que le daba la gana. Pero el doctor supo reirse grandemente, así de los sahumerios como de las reconvenciones de esa oficiosa intercesora; y aprovechó los días en que el debate se hallaba en su grado máximo, para hacer un viaje á la Montaña y visitar su casa solariega. Le encantó el país, no le disgustó el solar, vió que podía realizarse allí el proyecto que tenía meditado, y se volvió á Madrid para liquidar sus cuentas con el mundo á que hasta entonces había pertenecido.
Pocos meses después, y bien pertrechado de cuanto un hombre de sus necesidades podía apetecer en la soledad, se estableció en la Montaña con el firme propósito de no salir de ella jamás.
Desde aquel rincón del mundo fué siguiendo paso á paso los de su hijo en la carrera que éste emprendió al dar él por terminada la suya. ¡Con qué ansia aguardaba en cada año el verano para abrazar al estudiante y tenerle algunos meses á su lado! Desde que había arrojado de sí el amor á la gloria, todo su corazón le ocupaba Fernando. ¡Con qué avidez observó las primeras evoluciones de su talento en el espacio de las ideas! ¡Con qué orgullo le veía más tarde batir las alas y cernerse descuidado en la región de las tempestades! Lo que no aseguraré es si al doctor le entusiasmaban, á la sazón, lo mismo la fuerza y el valor de su hijo, que el rumbo que llevaba; sólo Dios y él saben si alguna vez se estremeció viéndole tan atrevido; porque también en los sabios cabe el absurdo de romper los diques por sistema, y asustarse luégo al contemplar los estragos de las aguas desbordadas. Pudiera ser Peñarrubia uno de estos sabios imprudentes. Si lo fué, no lo confesó entonces; dato que nada resuelve tampoco; pues de sabios es también soplar en el fuego de una consecuencia que les horroriza, por respeto á los principios que proclaman.
Vivía, entre tanto, en su casa solar, sin trato alguno con las gentes del país. Si paseaba, á pie ó á caballo, hacíalo por montes y campos solitarios, ó dentro de sus propios dominios, en los cuales se entretenía mucho cultivando el arbolado y las flores. En su cuarto de estudio pasaba largas horas, ya con sus libros y papeles, ya haciendo experimentos de física ó de química, ya in ánima vili, para todo lo cual contaba con una hermosa colección de aparatos en su gabinete, y con un corral bien provisto de víctimas de pluma y de pelo.
Sabían algo de estas matanzas y de aquellas brujerías los vecinos de Perojales; y como se trataba de un Peñarrubia que, como todos los de su casta, nunca iba á misa, ni quería tratos con ningún cristiano, y además se veían por las vidrieras de sus balcones, en ciertas noches, luces muy raras, algunas de las cuales se escapaban en un rayo verdoso, largo, largo, largo, que llegaba hasta el campanario, á cuyo resplandor salían bufando todas las lechuzas de la iglesia, como si el diablo las llamara á capítulo; y otras veces se oían en el palacio, entre el cacareo de las gallinas ó el aullido lastimero de algún can sacrificado, inexplicables estampidos, no quedó la menor duda de que el último de la raza de aquellos señores misteriosos y abominados, era el mismísimo demonio. Pusiéronle por nombre Pateta[1], y aunque eran bien corridas sus habilidades de médico, ninguno de sus convecinos las solicitó jamás, teniéndolas por cosa reprobada por la ley de Dios. De otros pueblos más lejanos, donde la fama del doctor no olía tan mal como en Perojales, acudieron muchas veces en busca de su ciencia; pero siempre se resistió á prestarla. Tengo para mí que su mayor pesadumbre consistió en no poder extender por toda la provincia la fama que tenía en Perojales. Así hubiera vivido completamente aislado y á su gusto.
[1] Pateta es, entre el vulgo de la Montaña, el prototipo de lo feo y de lo maléfico; peor que el mismo demonio.
Diez años iban corridos de esta suerte, cuando nosotros le vimos en la hoz, acompañado de Macabeo.
Y ahora que conocemos á los pájaros, digamos cuatro palabras del nido.
Era éste, y debe ser aún si no se ha desplomado en pocos años, un edificio cuadrado, más alto que ancho, con un torreón agregado en el ángulo del norte, y de mayor altura que la casa. Álzase este conjunto pesado y ennegrecido por el tiempo, en el centro de una meseta de suave acceso por todas partes, y á un cuarto de legua del caserío más próximo. Una viejísima y sólida muralla, coronada de cortos pilares, circunda el edificio. Entre éste y aquélla, á la parte de atrás, están las cuadras, la leñera y el gallinero. Sobre los pilares de la cerca tiéndese el rugoso tronco de una parra que dirige sus vástagos hacia adentro, donde son sostenidos por una armazón de hierro y madera, sostenida á su vez por altos postes paralelos al muro en todo su perímetro. Fuera de él corre una ancha faja de terreno destinado á huerta y jardín. La parte correspondiente á éste se enlaza, por el norte, con un bosque bravío que ocupa toda la vertiente del mismo lado, y algo de las dos contiguas. Lo restante de éstas, así como el espacio de la llanura, no cultivado, es una pradera natural, acá verde y lozana, allá áspera y pedregosa, con grupos de castaños á trechos, árgomas y bardales, tal cual álamo disperso y algún roble solitario; todo ello en caprichoso y artístico desorden, como obra de la naturaleza.
Exornan la fachada principal del palacio un balcón de púlpito sobre el claro ojival de la puerta de ingreso; dos ventanas no grandes, y las armas de la familia debajo de la imposta del desván. Otra fachada es por el estilo; las dos restantes sólo tienen algunos ventanillos en desorden y menguados por respeto á las celliscas del invierno.