Libre, pues, de lo que llamaba el flamante doctor la tiranía del dogma, y con una naturaleza agradecida y saludable, «Veamos —se dijo un día— lo que dura un cuerpo bien tratado».

Y con estos propósitos, esas ideas y aquellos laureles, comenzó Peñarrubia á ejercer su profesión.

En breve le sobraron los quehaceres que ésta le daba; pues á lo popular de su nombre, por los citados motivos, uníase la circunstancia, y no fuera justo callarla, de que en el arte de curar pocos le igualaban y no le aventajaba ninguno. Pudo elegir, entre lo mucho, lo mejor, y se hizo médico de ricos. Pocas visitas y bien retribuídas; y como tenía cosas también, porque su carácter era abierto, desengañado y hasta zumbón, logró en muy pocos años que los enfermos le visitaran á él, siempre que les fuera posible, y, por de contado, no pasar una mala noche, aunque le llamaran para asistir al Preste Juan de las Indias.

Los periódicos celebraban á menudo sus milagros; las Academias científicas le abrían sus puertas de par en par; en los procesos de ruido jamás faltaba su dictamen inapelable; y, por último, usaba carruajes de su invención con caballos de fantasía y cocheros de Guinea.

Ya para entonces era huérfano; y del caudal de sus padres sólo llegaron á él las rebañaduras de lo de Méjico y el solar de la Montaña; contratiempo que no le afligió gran cosa, porque con lo del oficio le sobraba para darse buena vida y acopiar para el invierno. No era tentado de la codicia, ni siquiera de la vanidad. Su complexión robusta y su carácter campechano le tenían á cubierto de todo género de tiranías, incluso la del amor.

La única mujer que le esclavizó un tantico fué una viuda joven, á quien asistió durante una larga, aunque no grave enfermedad. Era afable, ingeniosa y muy linda; dejóse arrastrar dulcemente hacia ella; y sin que pueda decirse quién amansó á quién, la viuda reclamó un día al doctor un nombre para el primer fruto, ya en flor, de sus mutuas simpatías. Peñarrubia no pensó llegar tan lejos en sus debilidades de puro entretenimiento; pero no era hombre de malas entrañas, y, en buena justicia, la reclamación de la viuda era pertinentísima. Declarólo así, y amparó á la querellante con su nombre, llevándosela á su casa después de formalizado el matrimonio.

No fué la cruz de éste muy pesada para el doctor; pues, con toda su ciencia, no logró averiguar si fué viudo antes que padre: ¡tan unidos anduvieron el suceso feliz y el desgraciado!

Lo que vino al mundo al salir de él la infortunada compañera de Peñarrubia, fué un niño, á quien se puso el nombre de Fernando. Una alcarreña le amamantó; luego le zagaleó un muchacho, y un mozo de pelo en pecho le acompañó después en sus juegos y travesuras. Su padre le curaba las indigestiones y le prescribía el régimen que más le convenía para ser robusto y fuerte; y como á la edad en que á otros niños se les enseña el «¿quién es Dios?» ya estaba él cansado de saber que no existía, no tuvo que preocuparse lo más mínimo con esas cosas que cuentan á los rapaces las dueñas impertinentes y las madres aprensivas.

El ejemplo del padre forma el modo de ser de los hijos: lo que éstos ven, siendo niños, en el hogar, eso hacen en el mundo cuando hombres; porque lo que piensa, lo que dice y lo que hace un padre, siempre es lo mejor en concepto del hijo que á su lado crece, mayormente si lo que piensa, lo que dice y lo que hace el uno, halaga los instintos irreflexivos del otro.

Quiero decir que al modelo de su padre se ajustó Fernando cuando llegó la hora de dejar de ser niño y comenzar á ser hombre, con la ventaja de haber pasado éste como una seda por angosturas en que aquél se vió á punto de salir desollado. Y así tenía que suceder por la lógica irresistible de los hechos. En el doctor germinaban de vez en cuando, entre los recuerdos de su infancia, las enseñanzas de su madre; en la memoria de Fernando no había semillas de esa especie: nada podía brotar allí en daño de otro cultivo; lo que en el padre fueron dudas, en el hijo negaciones terminantes. Éste tomó las cosas donde y como el otro las dejó hechas, no sin fatigas y desvelos. El padre construyó la senda; el hijo no tuvo más que caminar sobre ella. Hallábase en aquel terreno como el pez en el agua, convencido de que en otro elemento no se podía vivir. Como no tuvo dudas, no estudió las cuestiones más que por una cara: la de sus simpatías; y así, sin obstáculos ni contradicciones que le detuvieran, antes bien, aguijoneado por el estímulo de los aplausos que nunca faltan á los atrevidos, si por contera son brillantes, como Fernando, llegó éste á ser en Madrid una de las glorias militantes de la secta que preparó en España el actual desbarajustado filosofismo que tanta saliva ha costado, y ha de costar, sin que sus propios adeptos se convenzan de que bien pudiera estudiarse á fondo lo de casa antes de proclamar como inconcuso lo de fuera. Pero es achaque muy viejo en el libre examen el empeño de contradecirse, no examinando sino lo de su gusto.