No sé si por el bien de éste ó por librarse su padre del único cuidado que sobre sí tenía, púsole bajo la férula de un instructor de su gusto, con encargo de que, por de pronto, le domara, y después le enseñara lo que mejor le pareciese, ajustándose en lo posible á las inclinaciones libérrimas del educando.

Pronto conoció el joven Peñarrubia que eran inútiles sus protestas contra la esclavitud á que se le había sometido. Hallábase, como potro cerril, entre la espuela del padre y el freno del preceptor, y bajo el peso de cinco asignaturas. No podía moverse sin sentir, ó el hierro que le espoleaba, ó el hierro que le detenía. Resolvióse á llevar la carga del mejor modo posible, y acabó por aficionarse á ella. Estaba domado, y se le puso en libertad completa. Así pudo tomar en el campo de la enseñanza el rumbo más de su agrado.

Dicho se está con ello que se lanzó, con los bríos de la juventud, á lo nuevo y á lo cómodo, poniendo todo su empeño en romper trabas, en salvar obstáculos á la carrera y en desembarazar de estorbos á su razón y á sus pasiones, que se llevaban como la uña y la carne, aunque á él no le parecía así. Talento investigador y práctico, dióse á las ciencias físicas, y comenzó á escarbar en todas, atento sólo, como trapero en su oficio, á acumular en el cesto de su memoria cuanto coloreaba y relucía, lo mismo el trapo sucio, que el metal sospechoso, que el oro fino.

Con este acopio en las alforjas, sin escogerle ni depurarle, ingresó en la escuela de Medicina, adonde le llamaban sus aficiones, y no tardó en distinguirse entre todos sus camaradas de carrera por sus atrevimientos científicos, con más que puntas y ribetes de materialistas. Por entonces le asaltaron las mientes los recuerdos de aquellos poéticos relatos de su madre sobre la vida futura y los milagros de la fe, cosas tan opuestas á las verdades que el dedo de la ciencia le iba señalando en las páginas que devoraba con creciente avidez; y sin detenerse á considerar si aquellas pequeñeces infantiles y candorosas eran el rayo tibio de la aurora, cuyo otro extremo llega hasta el sol, foco de la luz y del calor del mundo, y pálido reflejo y hechura de otra Luz más grande; si con esta Luz por guía y aquel rayo por senda se podría llegar á ver las cosas al revés de como él las contemplaba, ó, por lo menos, en perfecta conformidad las unas con las otras, arrojó de su memoria con burlesco desdén los candorosos recuerdos que, aunque de flores, parecíanle trabas puestas á su razón soberana, y se entregó por entero á la manía que á la sazón le subyugaba en el terreno de sus investigaciones. Esta manía era buscar el alma, ó el punto de su residencia, ó siquiera sus huellas, en el cuerpo humano; y no, ciertamente, porque le atormentase la sospecha de que en el suyo no la había, sino por tener la científica satisfacción de exclamar á la postre de sus ímprobas tareas: «¡Ven ustedes cómo todo esto es materia pura? ¡Se convencen ustedes de que el hombre no es otra cosa que una bestia, con mejor instinto que otras, por obra y gracia de un poco más de fósforo en la mollera?» Por eso no salía del anfiteatro; y allí cortaba, rajaba, pesaba y medía en los cadáveres de sus congéneres, como el ambicioso minero en las entrañas de la tierra, buscando el filón perdido; y luégo compraba gatos y perros, y los hacía añicos con el bisturí, y cotejaba sus organismos con el del hombre, para convencerse de que entre el uno y los otros no cabía el canto de una peseta.

Cada conquista que el estudiante hacía en estas regiones, la aseguraba en su razón con el dictamen del sabio más de su agrado; y así reunió en poco tiempo un caudal inapreciable de atrevidas negaciones, que le crearon una fama ruidosísima en aulas, ateneos y casinos.

En honor de la verdad, debo decir que no era Peñarrubia de los más llevados del aura popular á todo trance. Gustábale como á cualquiera; pero la quería merecida; y por merecerla, recorría y arañaba hasta los sótanos de la ciencia heterodoxa, por cuyas lobregueces y obscuridades llegó al extremo de sostener, á las barbas del Claustro, congregado para ceñirle la amarilla borla, que «el pensamiento y la voluntad son funciones cerebrales;» tesis que, impresa y repartida con profusión, dió mucho que hablar á las Revistas científicas, á los papeles diarios, y algo que escribir á los tribunales de justicia; pues, por entonces, aunque esto sucedió ayer, como quien dice, el Código penal lo hilaba muy delgado en esas materias.

Que todo este ruido se resolvió en chaparrones de gloria para el atrevido sustentante, no hay que decirlo. La Escuela le otorgó el diploma de sabio, y nadie se atrevió á dudar que lo fuese; nadie sino el mismo glorificado. Porque es de saberse que un hombre que tantas dificultades había vencido con una dialéctica bien manejada, en sus reposadas y tranquilas meditaciones no desconocía que había algo que no se dejaba vencer de sus armas, ni pactaba alianzas con lo fundamental de sus teorías; algo cuya vulgaridad misma hacía más irritante la resistencia. Este algo era el buen sentido, que no contento con reprobar las conclusiones del filósofo, complacíase en hacerle carantoñas y en remedar la voz de su conciencia para decirle, como ella diría si Peñarrubia se hubiera decidido alguna vez á llamar las cosas por sus nombres:

—«Hay fenómenos palpables, cuyas causas, por muy elevadas, no penetrará jamás la razón humana. El conocimiento de esta verdad deja al hombre subordinado á una fuerza superior é inteligente, de la cual es hechura. Pero como el hombre debe campar por sus respetos y vivir sin cortapisas, unos cuantos sabios y yo hemos convenido en dar por no hecho ó no existente, cuanto no explique la razón humana, ó se oculte á la investigación científica. No toco, no veo el alma, aunque la siento en mí; pues la niego. No concibo al Autor de las maravillas del universo, aunque las palpo y soy yo mismo una de ellas; pues le niego. Me repugna declarar que existe un Creador con poder tan asombroso; pues otorgo ese poder y esa sabiduría á la materia vil, al átomo imponderable; es decir, á algo que yo domine y esté bajo mis plantas, y no pueda meterse en mi conciencia para pedirme cuentas del uso que hago de una vida perecedera y de un espíritu inmortal que he recibido, sin saber de quién, pero que indudablemente yo no he creado.

»¡He aquí, ilustre sabio, toda tu ciencia, desbrozada del fárrago sectario! Ahora, pavonéate con la borla, y embriágate con el incienso de los aplausos.»

Á las cuales voces cerraba Peñarrubia los oídos, y saltaba por encima del obstáculo, no pudiendo separarle, y continuaba caminando sin volver los ojos atrás, para forjarse la ilusión de que no había en toda la senda un solo guijarro en qué tropezar.