El padre del doctor á quien conocemos, llegó al caserón solariego en lo más crudo de una invernada que dejó nombre en los fastos montañeses. Acompañábanle su señora, muy próxima á dar á luz el primer fruto de su matrimonio; un médico viejo, y la necesaria servidumbre. Según unos, venía de las Indias; según otros, del infierno; y esta opinión fué la más aceptada, teniéndose en cuenta que los señores entraron en el pueblo entre rayos y centellas, y pisando una capa de nieve de media vara de espesor.

Á los pocos días llamó el señor al párroco para advertirle que por la tarde le enviaría su hijo primogénito, recién nacido, para que le bautizara. Serían padrinos el médico de la familia y la Iglesia. Se le pondrían los nombres de Augusto, César, Juan, Jacobo y Martín.

Así se hizo. Una sirvienta llevó el niño debajo del chal, y el médico la acompañó. Pagó éste los seis reales justos de derechos del cura, y dió cuatro cuartos á los muchachos ayudantes. Sentóse la partida de bautismo en los libros parroquiales; recogió el padrino una certificación de ella; pagóla según rezaba el arancel, ni ochavo más, ni ochavo menos; y agur del alma.

Mientras la señora se reponía, su marido, como si en ello cumpliera un precepto tradicional en los de su casta, hizo algunas reparaciones en las entrañas del caserón, no costosas ni de buena gana; y transcurrido un mes, desapareció la familia Peñarrubia con todos sus sirvientes y adherentes, cerrando los portones, que no habían de volver á abrirse en muchos años.

Nuevos comentarios: si se los llevó el demonio, ó si se fueron á ejercer por el mundo sus malas artes. Á mí me toca poner en claro la duda.

El misterioso personaje venía, en efecto, del otro mundo, cuando apareció en su pueblo natal. Había ido á Méjico con una comisión oficial, tan honorífica como lucrativa; y allí se casó con una mejicana. Era ésta, como casi todas las de por allá, muy devota y muy indolente; pero tenía buena dote; y su novio, de anchas tragaderas en materias religiosas, puso enfrente de ambos defectos (que á sus ojos eran á cual más gordo) la virtud de las sonoras macuquinas de la dote, y halló que se podía vivir en tan mala compañía con tan buenas protectoras. En cuanto notó síntomas de primogenitura, activó las hasta entonces descuidadas comisiones, y se trajo á España la mujer y las talegas de su dote. Detúvose en Madrid el tiempo necesario, y vínose á la Montaña con el intento que le hemos visto realizar.

Cuando dejó su casa solariega, volvió á Madrid. Allí se estableció definitiva y ostentosamente, á expensas de lo propio y de lo aportado al matrimonio por la mejicana. Á decir verdad, las rentas de todo ello no alcanzaban á sostener el lujo de que se rodeó el vanidoso Peñarrubia; y hubo que comer de la olla grande, como dicen en mi tierra.

En medio de este fausto corrieron los primeros años de la vida de nuestro doctor.

Como la mejicana era devota, cuidaba de enseñar al rapazuelo piadosas leyendas y muchas oraciones; mandábale á la iglesia, y le cargaba de medallas y escapularios. Pero como también era indolente, no hacía maldito el caso de la doctrina que le imbuían el cochero, el ayuda de cámara, los marmitones y toda la legión de tunos que pululaban en aquella casa al amparo de la vanidad de su marido y de su propia dejadez.

Corrieron cinco años más, y con ellos lo mejor del caudal de la mejicana, que acabó por morirse, sin poder incomodarse con los despilfarros de su marido y las crecientes rebeldías del primogénito, muchacho, á la sazón, de diez años, sin conocer todavía la O, aunque le sobraba despejo natural.