IV

LA RAZA

Decían las gentes de Perojales que los Peñarrubia eran como los vencejos: aparecía uno, arreglaba el nido, formaba una familia y desaparecía con ella, sin saberse adónde ni por qué. Al cabo de los tiempos, volvía un nuevo Peñarrubia, restauraba el caserón de abolengo y etc., etc. Así hasta nuestro doctor.

Todos los Peñarrubia, según la tradición perojaleña, parecían fundidos en un mismo troquel. Todos eran misteriosos, huraños, poco afectos á la tierra nativa, y señaladamente irreligiosos. Esta cualidad era la que podía llamarse, como ninguna de las otras, el sello de raza. De manera que no tenían número las horrendas historias y los pavorosos relatos que, á propósito de la insigne familia, pasaban de padres á hijos entre el vulgo del país, gente sencilla y cristiana, y, por contera, suspicaz y maliciosa.

Apenas hay aldea en la Montaña que no tenga su Casa correspondiente; casa infanzona y de prosapia, no siempre rica, pero muy á menudo tan rica como empingorotada. Esa casa pertenece al pueblo, como el son de las campanas de la iglesia, como la fama de ciertos frutos peculiares á su suelo, la de la altura del monte comunal, ó la de las truchas del río; y no porque provee de pan á los menesterosos, de consejos á los atribulados, de cartas á los que se van, de padrinos á casi todos los recién nacidos, y hasta de materia de difamación á los ingratos y malévolos; sino por cuestión de vanidad. Que diga un montañés: «¡Los Cuales de mi pueblo! ¡Gran casa, gente de lustre, de mucha hacienda y de buena entraña!» No faltará quien replique, royendo la colilla y echándose sobre el palo: «No diré que no; pero ¡cuidado con los Tales de mi lugar! Nada les debo, la verdad sea dicha; pero, sin ofensa de nadie, donde está esa casa, que no alce ninguna la chimenea. En punto á posibles y señorío, reyes pueden entroncar con ella, y saldrán muy honrados.»

Pues Perojales es la excepción de esta regla: «¡Los Peñarrubia! —dicen allí—. ¡El demonio que cargue con todos ellos! Ni un canto les deben estas callejas, ni un maquilero de borona los necesitados, ni una cabezada el nombre de Dios, ni los buenos días los hombres de bien. Si ese palación se arrasara, los males de este lugar daban fin y remate.»

Sobre lo que haya de disculpable en este deseo, y de cierto en los corrientes relatos, no he de hablar yo aquí una palabra. Mi jurisdicción no alcanza más allá de los Peñarrubia de mi cuento, y de ellos voy á tratar sin nuevas digresiones.