—¡Conque figúrate la falta que haces acá, Bastián!

—Más de lo que tú piensas, Macabeo.

—La de los perros en misa... Vuélvete, Bastián, por donde has venido... ¡cuando yo te lo aconsejo!...

—Hombre, y á tí ¿qué te va ni qué te viene con que yo me vaya ó me quede? ¡Pues me he dado flojo trote desde ayer para que, sin más ni más, tome el consejo tuyo!... ¡Dios! ¡Vaya con el consejero de chanfaina!

—Miro por tí, Bastián... Y por último —añadió Macabeo en un cambio súbito de humor—, ¡que te quedes ó te marches, ó te parta un rayo por el medio, no se me importa una alubia!

Esto dijo, y se encaminó á la portalada, aunque no llegó á abrirla. En cuanto á Bastián, se encogió de hombros por toda despedida de Macabeo, y echó calle abajo. Pasó luégo por otras, también formadas por tapias de huertos y solares, cuáles revestidas de hiedra, cuáles exhalando la fragancia delicadísima de la ya florida madreselva; atravesó dos corraladas abiertas; ladráronle otros tantos perros, y entró, por último, en una casa que no era la de su tío.

Macabeo, que le había seguido con la vista desde lejos, exclamó entonces, hiriendo otra vez el suelo con su garrote:

—¡Caráspitis!... ¿No lo dije? ¡Anda, perro... gandul!... Pero no tienes tú la culpa, sino la... ¡Si no fuera por respeto á lo que está pasando aquí, y á lo mucho que me duele!... ¡Caráspitis, recaráspitis!

Y así entró en el corral, apaleando las piedras, y cerró los portones con estrépito.