—Porque... Pero, alma de cántaro, ¿tú no sabes lo que pasa?

—Ni pizca, Macabeo.

—¿No has oído las campanas?

—Sí que las he oído; pero, la verdá, no se me ha ocurrido preguntar por quién era el toque. ¿Quién se murió, Macabeo?

—Doña Marta.

—¡Dios! ¿Cuándo?

—Anoche.

—¡Dios! ¿Y de qué, hombre?

—¿Y á tí qué te importa?

—Es de razón, Macabeo: maldito lo qué.