Cansábase éste de dar vueltas al hongo entre sus manos y de atusarse el pelo, cuando el otro, soltando la pluma, después de limpiarla sobre la haldilla de su chaquetón, le dijo con voz preñada de iras y menosprecio:

—Tan bruto eres, que una sola cosa medio acertada que has hecho en tu vida, la has hecho por casualidad.

Asombrado quedó el gaznápiro al ver el poco ruido en que paraba nublado tan imponente. Llenósele de júbilo la caraza, y dijo, mientras avanzaba hacia la mesa enseñando todos los dientes:

—¡Tenga usté buenos días, señor tío muy amado!

—¿Oyes lo que te he dicho? —añadió don Sotero, parando á su sobrino con el lanzón de su mirada.

—¡Dios!... ¡ni aunque fuera sordo! —respondió Bastián volviendo á manosear el chambergo. Luégo preguntó:

—¿Y se puede saber cuál es la cosa buena que yo he hecho por casualidad?

—Precisamente la que más miedo te daba al ponerte enfrente de mí: el haber venido á Valdecines sin mi permiso.

—Verdad es, tío muy amado, que el venir sin su licencia de usté, dábame acá adentro muchos resquemores; pero de su buen corazón esperaba que tan aína como yo estipulara los motivos...

—Los motivos esos los barrunto y no los trago, por falsos; y en cuanto á los verdaderos, te han de costar á tí disgustos muy gordos, ó yo no he de ser quien soy... Digo que sin querer has acertado viniéndote á Valdecines, porque cabalmente estaba pensando yo en mandarte venir.