—Y ¿por qué, tío muy amado?
—¡Menos jarabe, animal, que no cae bien en tu boca! —dijo don Sotero echando por la suya las palabras como latigazos—. Me consta lo que me amas, y mejor te está callarlo, si tienes chispa de vergüenza... Digo que pensaba mandarte venir, porque me convenzo de que es echar margaritas á puercos gastar un ochavo en pulirte esa naturaleza brutal... Á ver, date dos paseos por la sala... Párate ahora. Figúrate que pasa á tu lado una persona decente y le haces un saludo... Es una señorita, y te sonríes al mismo tiempo... ¡Cierra esa boca, pedazo de bestia!
Bastián iba ejecutando, como un recluta, las órdenes de su tío; tan desatinadamente, que éste se tapó los ojos por no verle al decir las últimas palabras que hemos transcrito.
—¡Basta, basta! —añadió.
Su sobrino, encogiéndose de hombros y con las manos en los bolsillos del pantalón y el sombrero encasquetado, volvió á la puerta de la alcoba y allí se plantó.
—No sirves, Bastián... ¡no sirves! —exclamó don Sotero cuando se descubrió los ojos y volvió á mirar á su sobrino.
Éste, asombrado del dicho, replicó en el acto:
—¿Que no sirvo? ¡Dios! Y ¿para qué no sirvo, si se puede saber?
—Para tu felicidad, para la mía... para realizar los propósitos que me han costado tantos desvelos y tanto dinero... ¡y tanta comedia!
—En lo de la comedia y los desvelos, usté se entenderá, si á mano viene; respetive al dinero, de lo mío gasto.