—¡De lo tuyo... de lo tuyo, zanguango! —dijo don Sotero con la misma cara que pondría si le sacaran una tira del pellejo—. ¡De lo tuyo! ¿Dónde lo ganaste? ¿De dónde te vino?
—De la herencia. ¿No me lo ha dicho usté cien veces?
—Para que lo divulgues, animal; no para que me lo cuentes á mí. Tú no tienes un ochavo, sábelo bien; ni yo tampoco le tendré si no te corto las alas que en mal hora te dí.
—¿Y por qué me las dió usté?
—Porque esperaba que sabrías volar con ellas; porque pensé que la garlopa de la educación llegaría á pulimentar tu madera, por ingrata y dura que fuese. Por eso te envié dos años hace á la ciudad; por eso te tuve allí hecho un paseante en corte, y recibiendo al mismo tiempo enseñanzas que no te han cabido en la cabeza.
—¿Y para qué se empeñaba usté en esos imposibles?
—Ya te lo he dicho, bárbaro: para hacer de tí un hombre capaz de llevar á cabo mis proyectos.
—Pues si se han de lograr dándome á mí tormento en la ciudad, téngalos por finiquitos.
—¡Nunca!
—¿Quiere decir que he de volver allá?