—¡Jamás!
—Pues no lo entiendo.
—Ni lo necesitas. Lo que has de saber es que, desde anoche acá, las cosas han cambiado, y que, tal como eres, haces aquí mucha falta... Por eso acertaste en venir hoy, aunque, viniendo, creyeras que obrabas mal... ¿Dónde has estado desde que llegaste?... porque tú llegaste hace dos horas.
Atarugóse aquí Bastián, y respondió balbuciente:
—Esperando á que usté saliera de casa de la difunta.
—¿En dónde?
—Por ahí.
—¡Mentira!
—¡Dios!
—¡Es preciso que renuncies para siempre á esa inclinación maldita, ó te ha de quedar memoria de mí! Desde hoy no darás un paso en el pueblo sin que yo te lo aconseje.