—¡Pues me voy á divertir!
—Es que no trato yo de que tú te diviertas, sino de sacar el jugo, á todo trance, al caudal que me has derrochado embruteciéndote, y á los desvelos que me cuestan estas cosas.
—¡Estas cosas!... siempre está usté con «estas cosas» al retortero; y el demonio que le entienda. ¡Dios! hable claro de una vez, aunque reviente, y medraremos.
Miró don Sotero de alto á bajo á Bastián, con un gesto que se resiste á toda pintura, por lo mezclado que anduvo en él lo feo con lo duro, lo irónico, lo amenazador y lo depresivo, y díjole al fin:
—No olvides lo que te he encargado: desde este momento ¡ni un paso tuyo en Valdecines sin que yo le conozca y le autorice! Hay que aprovechar ¡hasta los minutos! Esto es todo lo que te importa saber. Y ahora, pedazo de bruto, lárgate de ahí á mudarte esa ropa.
Bastián se dió media vuelta; atravesó la sala de dos zancadas, y entró en la alcoba frontera á la de don Sotero, exclamando al cerrar con ira la desvencijada puerta:
—¡Dios!... ¡qué hombre!
El tal, cuando se vió solo, sacó del bolsillo la carta que había guardado al acercarse Bastián; tornó á humedecer la pluma en los cendales del tintero; hizo algunos números en la parte no escrita del sobre; luégo se entretuvo en despegar el sello, que guardó cuidadosamente entre otros que tenía envueltos en un papel dentro del armario; y, por último, rompió la carta en pedacitos muy pequeños, que aún subdividió en otros casi microscópicos.
—¡Que aguarde la respuesta! —murmuró sonriéndose.
Volvió á sentarse, y del cajón de la mesa sacó un libro que, según rezaba el tejuelo de la tapa, era de cuentas de su «Administración de las rentas y aparcerías de doña Marta Rubárcena de Quincevillas;» y antes de abrirle, llamó muy recio desde la puerta de la alcoba: