—¡Celsa!
Y al punto apareció en la sala, arrastrando las chancletas, una mujer, ya de años, con no pocos remedos, si es que no era fiel trasunto, de aquella piadosísima Pipota, consejera y buscona del archicélebre Monipodio. Y díjola don Sotero en cuanto la vió:
—Avísame cuando oigas tocar á misa, que hoy no es día de perderla.
Con lo cual, la vieja se volvió á su escondrijo y el hombre á sus papeles.
VII
ÁGUEDA