Si la superficie de un dormido lago se transformara súbitamente en pradera verde y lozana, y á un extremo de ella brotaran un bardal espeso aquí; un grupo de castaños allá; dos higueras enfrente; un robledal más lejos; una fila de cerezos delante de un barullo de manzanos y cerojales; una mimbrera junto á una charca festoneada de juncos, menta de perro y uvas de culebra; un alisal hacia el monte... y otros cien adornos semejantes, que el buen gusto del lector puede ir imaginando sin temor de alejarse de la verdad; y luégo colocáramos una casita, agazapada debajo de su ancho alero, como tortuga en su concha, al socaire del bardal; otras dos parecidas, á la sombra de las higueras; cuatro ó cinco, no mayores, detrás de los castaños; algunas, con balcón de madera, aquí y allí, compartiendo amistosamente con las más humildes el amparo del robledal ó los sabrosos dones de los frutales; otras muchas, y cada una de por sí, arrimadas á la setura de un solar, ó á la pared de un huerto; y en el centro de este ordenado y pintoresco desorden, una iglesia modestísima alzando su aguda espadaña, como pastor vigilante la cabeza para cuidar de su disperso rebaño; y, por último, subiéramos al monte frontero, y en una de sus cañadas tomáramos la linfa de un manantial, y la dejáramos descender á su libertad, y arrastrarse á las puertas de este caserío, y murmurar entre las lindes de dos huertos de la mala acogida que se le hiciera en las abiertas corraladas, hasta que después de refrescar las raíces de los álamos cercanos á la iglesia y hacer á ésta una humildísima reverencia que le costara un nuevo rodeo en su camino, se largara mies abajo, entre berros y espadañas, tendríamos, lector discreto, pintiparado á Valdecines. Así está tendido al comienzo de un angosto y no muy largo valle, llano como la palma de la mano; así están distribuídos, como en dibujo de hábil artista, sus caseríos, sus huertos, sus arboledas y sus aguas. Montes de poca altura, pero bien vestidos, y la sierra que conocemos, amparan el valle por todas partes; y se une á otro más extenso por el angosto boquete que da salida al riachuelo que, paso á paso y con la ayuda de otros vagabundos como él, va tomando humos de río.
La casa en que han ocurrido los sucesos de que dimos noticia al lector en el capítulo II, es de las más próximas á la sierra. Como la mayor parte de las solariegas de la Montaña, sólo en dos fachadas tiene balcones: al oriente y al mediodía. La corralada, de que también hemos hablado, está delante de esta fachada; la del oriente cae sobre un jardín separado de la vía pública por un enverjado que arranca de la pared del corral y se une por el otro extremo á un muro que, después de describir una curva extensísima, va á soldarse con el otro costado de la portalada, dejando encerrado un vasto parque en que abunda, con inteligente distribución, lo útil y lo agradable.
Dentro de esta casa no se busque el muelle lujo de la ciudad. Holgura, comodidad, abundancia, buen gusto y primores de limpieza, eso sí. Durante el feliz matrimonio de la última de los Rubárcenas con el señor de Quincevillas, se hicieron en ella notables reformas, procurándose hermanar en lo posible las reliquias de antaño y las exigencias de las necesidades modernas. Son muy venerables los techos de madera, las camas de alto testero y los bancos de encina con tallado espaldar; pero son mucho más cómodos los cielos rasos, las camas metálicas con jergón de muelles y los sillones tapizados, siempre que se trata de dormir y de sentarse. Cuando se fundó aquella casa, todo el lujo de clase consistía, después de los indispensables blasones esculpidos en piedra sobre el centro de la solana, en una portalada de sillería con adornos y remates de escultura, costoso marco en que encajaban dos portones macizos atestados de clavos de altísima cabeza, para dar ingreso á un corral, obstruído ordinariamente por el acopio de leña para largos meses, un carro de labranza, un horno de pan, el brocal de un pozo con su correspondiente pila, y á menudo un montón de estiércol, amén del perro y las gallinas, cuando no los conejos. Esto al mediodía, en lugar preferente. El huerto, pequeño y asombrado por elevadas tapias, como cosa indigna de verse, estaba relegado á la fachada del norte; es decir, al frío y á la obscuridad. Sin embargo, era otro detalle de clase; por lo cual se cargaba el despilfarro y la fachenda en las tapias que se veían, importando dos cominos que la fruta y las legumbres fueran pocas y malas.
Así estaba aún la casa de los Rubárcenas cuando unió sus blasones á los de los Quincevillas. El avisado matrimonio comprendió que se podía mejorar aquello sin ofensa de la tradición; y fué su primer acuerdo dejar la portalada como la hallaron, por lo que tenía de vieja y, sobre todo, de monumental; pero quitaron el horno y trasladaron los demás estorbos del corral á una casita de labranza, construída á este propósito en terreno que abundaba al otro lado de la casa solariega. El tal terreno fué creciendo en extensión en virtud de compras y cambios hechos por don Dámaso, muy aficionado á estas cosas, que son la salsa de la vida campestre. Redondeada la finca, comenzaron las roturaciones, los plantíos y las siembras, y, por último, se cercó á cal y canto, en la cual tarea, como nos dijo don Lesmes, sorprendió la muerte al señor de Quincevillas. El jardín fué proyecto de su mujer, y en su ejecución no intervino poco el buen gusto de Águeda, aunque era á la sazón una niña.
Así andaba en aquella casa, por fuera y por dentro, mezclada la tradición venerable con los estilos del día, como anda en todas las solariegas de la Montaña, que no han acabado en punta, ó no se han visto abandonadas por sus señores, más acomodados al bullicio de la ciudad que al silencioso apartamiento de la aldea.
Cuentan los viejos de Valdecines que, por aquel entonces, la señora de Quincevillas tenía que ver. Á creerlos, reinas la vestían y emperatrices la peinaban; no por el lujo, que nunca fué tentada de él, sino por el modo; el sol y la luna llevaba pintados en sus ojos negros; y no parecía sino que los mismos ángeles le plegaban los labios cuando sonreía. Su pelo era más fino y más negro que la seda; el cutis, como nieve entre rosas, y torneros de la gloria debieron de hacer aquel cuerpo gallardo que, al andar, se mecía como el dorado mimbre al blando soplo del terral de la aurora.
Y no digo lo que se refiere de su caridad sin límites, de su amor á los pobres y de su despego de las pompas mundanas, porque sería el cuento de nunca acabar; y callo lo que se ensalza la especie de veneración que sentía por su marido, tan digno de semejante mujer, por sus altas prendas y señaladísimas virtudes; y lo que se pondera su piedad edificante sin extremos ni gazmoñería; y, por último, lo que se regocijaba su alma en la contemplación de la hija con que Dios había querido estrechar más los lazos de aquel venturoso matrimonio, porque lo uno se adivina fácilmente, y de lo otro voy á hablar yo por mi propia cuenta.
Cierto, ciertísimo, que la última de los Rubárcenas tenía mucho talento, y evidente y comprobado que no le mostró jamás elevándose á las cumbres de la filosofía, ni á otras alturas en que las mujeres se hacen ridículas, y se marean muy á menudo los hombres, sino bajándose á los prosáicos pormenores de la vida doméstica. Tengo para mí que es más difícil dirigir una familia sin que ninguno de sus miembros se extravíe, ó la discordia arroje de vez en cuando en medio del grupo su manzana, que gobernar un Estado. La señora de Quincevillas fué un modelo admirable en aquel empeño. Ayudáronla en él su fe cristiana, ante todo; es decir, la luz y la fuerza para conocer y cumplir sin desmayo los altísimos deberes de su cargo, como esposa y como madre; y, en segundo término, el rico caudal de conocimientos, á cual más útil en los ordinarios sucesos de la vida íntima, adquirido en germen durante su estancia en el colegio y profusamente desarrollado más tarde por la virtud de su rara inteligencia.
La educación de Águeda, la formación de aquel hermoso carácter de que ya hemos oído hablar, fué la grande obra de su vida, tarea en que, de ordinario, tantos desvelos se malogran por falta de tacto. Cera es la infancia que así se deshace con el calor excesivo, como se endurece con el frío extremado. Conservarla en el grado preciso para que pueda tomar la forma deseada, sin que se quiebre ó se deshaga entre las manos, es el misterio del arte de la educación. Con ese tino consiguió la discreta señora dirigir á su gusto el corazón y la inteligencia de su hija hasta formarla por completo á su semejanza. Verdad que se prestaba á ello la dócil masa de la despierta niña; pero en esa misma docilidad estaba el riesgo cabalmente.
Que esta educación se fundó sobre los cimientos de la ley de Dios, sin salvedades acomodaticias ni comentarios sutiles, se deduce de lo que sabemos de la maestra, aunque está de más afirmarlo tratándose de una ilustre casa de la Montaña, todas ellas, como las más humildes, regidas por la misma ley inalterada é inalterable. En lo que se distinguió esta madre de otras muchas madres en casos idénticos, fué en su empeño resuelto de explicar á su hija la razón de las cosas para acostumbrarla, en lo de tejas arriba, á considerar las prácticas, no como deberes penosos y maquinales, sino como lazos de unión entre Dios y sus criaturas; á tomarlas como una grata necesidad del espíritu, no siempre y á todas horas como una mortificación de la carne rebelde. De este modo, es decir, con la fuerza del convencimiento racional, arraigó sus creencias en el corazón. Así es la fe de los mártires: heróica, invencible; pero risueña y atractiva: ciega, en cuanto á sus misterios, no en cuanto á la razón de que éstos sean impenetrables y creíbles. Es de gran monta esta distinción que no quiere profundizar la malicia heterodoxa, y de que tampoco sabe darse clara cuenta la ortodoxia á puño cerrado.