Por un procedimiento análogo, es decir, estimulando la natural curiosidad de los niños, consiguió doña Marta inclinar la de su hija, en lo de puro adorno y cultura mundana, al lado conveniente á sus propósitos; y una vez en aquel terreno, la condujo con suma facilidad desde el esbozo de las ideas al conocimiento de las cosas. Libros bien escogidos y muy adecuados, la ayudaban en tan delicada tarea; al cabo de la cual, Águeda halló su corazón y su inteligencia dispuestos al sentimiento y á la percepción, único propósito de su madre; pues no quería ésta á su hija erudita, sino discreta; no espigaba la mies, preparaba el terreno y le ponía en condiciones de producir copiosos frutos, sanos y nutritivos, depositando en él buena semilla.
Algunos viajes hechos por Águeda, oportunamente dispuestos por su madre, la permitieron comparar, á su modo, la idea que tenía formada del mundo con la realidad de él; y como ya para entonces la previsora maestra la había enseñado á leer en las extensas páginas del hermoso suelo patrio, convencióse la perspicaz educanda de que dice mucho menos la ciudad con sus estruendos, que la agreste naturaleza con su meditabunda tranquilidad. No exageraba su madre cuando la aseguraba, con un famoso novelista, que en todo paisaje hay ideas. ¡Cuántas encontraba Águeda entre los horizontes de su lindo valle!
Y he aquí de qué manera consiguió doña Marta arraigar en su hija el amor al suelo nativo, otro de sus intentos más meditados, por juzgar el caso de suma transcendencia.
Concluída la educación de Águeda, comenzó su madre la de su otra hija, venida al mundo diez años después que aquélla; y en los tanteos andaba, no más, de la candorosa y rudimentaria inteligencia de la niña, cuando la muerte asaltó la risueña morada de aquel venturoso grupo, hiriendo á la figura que más descollaba en él y mayor espacio ocupaba en el hogar.
Todo parecía haberlo previsto la noble dama, menos este insuperable infortunio. Como decreto de Dios, le aceptó con la frente humillada; pero la naturaleza reclamó su tributo de lágrimas y dolores, y la viuda se le pagó al cabo con exceso. Tantos años de no interrumpida felicidad, dejan fuertes raíces en el corazón y en la memoria; hiérelos el mismo golpe que detiene el curso del tiempo venturoso, que no ha de volver jamás; y en la amarga sima que abre, el alma de mejor temple cae y se contrista. Así cayó abatido el espíritu de mujer tan animosa.
Águeda sepultó en su pecho el dolor propio para mitigar, en lo posible, el que, de hora en hora, se imponía con creciente fuerza á la virtud de su madre. Reemplazóla en las más indispensables atenciones domésticas, por de pronto. Animóse con el ensayo; en otra tentativa echó sobre sí el peso de mayores cuidados; y cuando se cargó con todos ellos, la atribulada madre, como si hubiera estado esperando aquel resultado de una prueba intentada, se abandonó por completo á sus meditaciones y tristezas. Pronto se reflejaron en su cuerpo los dolores de su alma; y de aquella matrona gentil y apuesta, en que todo era escultural y hermoso, fueron desapareciendo la tersura y la redondez de las formas, como si el luto que vestía fuera una cruz de hierro con espinas; comenzaron á encanecer sus cabellos, y estampó en su rostro todas sus huellas tristes la negra melancolía. Acrecentóse en ella el fervor religioso, y se entregó á la vida mística y de mortificaciones.
Águeda contaba entonces diez y ocho años, y puede decirse que se hallaba ya en la plenitud de su desarrollo y de su hermosura. Tenía de su madre, en los buenos tiempos de ésta, los contornos artísticos y graciosos, la corrección de facciones y la arrogancia del conjunto; pero era rubia con ojos azules muy obscuros, con larguísimas pestañas, casi negras, detalle que daba á su mirada dulce una extraordinaria intensidad.
De su natural gracejo y de las penas sentidas por el estado de su madre, se había formado un carácter entre abierto y reflexivo, que era su mayor encanto; mezcla peregrina de candor y de madurez, ostentaba todo el brillo de la mujer discreta, sin la insufrible impertinencia de la joven resabida. Naturaleza exuberante y poderosa, había resistido el influjo de las tristezas del hogar en una época de la vida en que ésta es el reflejo de cuanto la rodea; y consiguió tal victoria buscando fuerzas en la misma necesidad que la obligaba á trabajar sin descanso como madre afanosa, sin dejar de ser niña. Esta práctica admirable fué la mejor piedra de toque de las enseñanzas de su madre. Creo que ha dicho alguien (y si no lo ha dicho lo digo yo ahora) que la experiencia del mundo no consiste en el número de cosas que se han visto, sino en el número de cosas sobre que se ha reflexionado; y Águeda había reflexionado mucho: primero, por obra de las recibidas enseñanzas, y después, por el rigor de los acontecimientos. En esto estribaba el secreto de aquel juicio precoz que tanto asombraba á don Lesmes.
Acostumbrada á pensar y á sentir por todos en el hogar, su entendimiento y su corazón habían formado una alianza admirable; nada aceptaba el uno sin la aquiescencia del otro; allí no cabían pasiones irreflexivas y tumultuosas; pero, en cambio, lo que una vez entraba, era para no salir jamás.
Á pesar de la abdicación que parecía haber hecho de todas las facultades, doña Marta, en los pocos asuntos que pudiéramos llamar de pura diplomacia, en los cuales, por su posición y conexiones, se veía precisada á entender, era siempre la mujer de talento superior y de amenísimo trato. El dolor que la producían estas violencias del espíritu, sólo ella podía pintarle.