Tan insufrible debía parecerle, que habiéndosele prescrito los baños de mar como de necesidad inexcusable, al volver con su hija de tomarlos por segunda vez,

—¡No más! —dijo al entrar en su casa—. ¡La muerte antes que esta violencia!

Y la violencia consistía en tener que frecuentar el trato de amigos y parientes, durante su permanencia en la ciudad, y corresponder á las molestas atenciones que siempre se consagran en el mundo á las madres ricas de las hijas solteras, aunque no sean tan hermosas y atractivas como Águeda.

Sepultóse al fin en Valdecines, llena de pesadumbres y de achaques; y un año después acabáronse las unas y los otros, de la triste manera que ha visto el lector algunos capítulos más atrás.

Ofensa grave hiciera yo al piadoso corazón de ese caballero, si me entretuviera, después de todo lo dicho, en pintarle los grados del dolor sentido por la hermosa doncella al ver morir á su madre; pero ha de saber que, para aumentar este dolor, que tan fácilmente se concibe, hubo un manojito de espinas con que no contaba la huérfana. Pensó la desventurada que después de amortajar á su madre, cerrarle los ojos, poner entre sus manos yertas la bula y la cruz del rosario, y estampar un beso de despedida sobre su frente marmórea, podría desahogar el acongojado pecho rompiendo el dique á las lágrimas. Pues no, señor. De aquellos lances se daban pocos en Valdecines, y Águeda era el jefe de la casa. Tuvo, por consiguiente, que proveer á un sinnúmero de necesidades del momento, y responder á otras tantas preguntas crueles sobre el pormenor de los funerales, el número de curas, la calidad y la cantidad de los invitados forasteros... ¡hasta sobre el forro y las tachuelas del ataúd! Y pasó aquello, y vino el día del entierro; y cuando el corazón se le partía en el pecho al ver que se llevaban á su madre entre cuatro tablas para dar pasto á los gusanos con aquellos míseros restos de la vida, comenzaron los saludos estúpidos, las caras grotescamente tristes, las falsas protestas de sentimiento... y como los visitantes eran forasteros y habían asistido al funeral, que se acabó al mediodía, hubo que servirles copioso agasajo, y hasta que presidir la mesa ¡ella, que no se alimentaba sino de lágrimas!

Yo no sé cuándo la sociedad ha de convencerse de que esas atenciones que consagra á los que lloran en casos tales, son impertinencias que producen el efecto contrario; y es un dolor que ya que la sociedad sea incorregible en ese pecado, no se resuelva el afligido á decirla, atravesado á la puerta de su hogar:

—¡Vaya usted muy enhoramala! ¡No puedo con lo que tengo encima, y viene usted ahora á echarme todo el peso de sus sandeces!

Pero ¿quieren ustedes apostar una cosa buena á que si la sociedad llegara á dar, en esos trances, una prueba de buen sentido, habían de poner los dolientes el grito en el cielo? «¿Adónde vamos á parar? ¡Qué es esto! ¿Dónde están esos amigos de ayer que no vienen á consolarme hoy?»

Somos así. No obstante, por lo que á Águeda respecta, me atrevo á asegurar que no hubiera exhalado quejas tales al verse aislada en trance tan amargo.

Pero, al fin, pasaron los días de prueba... porque (eso es lo bueno que tiene este pícaro mundo) todo pasa en él como por la posta; y logró quedarse sola con su dolor y sus recuerdos. Lloró muchas, ¡muchas lágrimas! Después, como tenía que pensar en todo, secas ya las fuentes de sus ojos, quiso orientarse en la apurada situación en que la voluntad de Dios la había colocado; quiso saber qué le quedaba en el mundo como abrigo y amparo; qué debía temer, qué debía esperar. Y miró en su derredor, y se vió sola y cargada de deberes, cuyo peso le parecía superior á sus fuerzas. Atrevióse á mirar al fondo de su corazón, y apartó de él la vista con espanto. Allí había algo como una espina, que la punzaba, y no podía arrancarlo por más esfuerzos que hacía; trataba de mitigar el dolor amparándose con el recuerdo de su madre, y más le exacerbaba así. Las dos imágenes no cabían en paz en su corazón, ¡y la desventurada no podía pensar en la una sin consagrar la mitad del pensamiento á la otra! Volvió á verter mares de lágrimas, y llorando seguía cuando una voz infantil dijo á su lado: