—¡Águeda!

Ésta levantó la cabeza que hundía entre sus manos, y vió á su hermanita que de pie, enfrente de ella, la contemplaba con el hermoso rostro contristado. También era rubia y blanca, y profusas madejas de rizos envolvían su cuello y descansaban trémulos y brillantes sobre los hombros cubiertos con las negras y ásperas lanas del luto riguroso que vestía.

—¡Pobrecilla! —murmuró Águeda, atrayéndose á la niña y dándola un beso—; me olvidaba de tí.

—También te olvidas de lo que me prometiste —dijo Pilar, enredando con las puntas del ceñidor de la negra bata de su hermana.

—Pues ¿qué te he prometido, ángel de Dios?

—No llorar más... ¡y siempre estás llorando!

—Es verdad... Pero no volveré á hacerlo, para no afligirte.

—Eso dices siempre... y, con todo, lloras... También me prometiste otra cosa.

—¿Qué cosa, hija mía?

—Despachar á don Sotero... ¡Ay, Águeda! ¡qué miedo me da ese hombre! Desde que se murió mamá, parece que tiene los ojos más verdes, y la voz más agria, y la boca más honda, y los dientes más afilados. ¡Algunas veces me manda las cosas con un aire!... Antes no hacía eso... ¡Échale, Águeda!