—Pero, niña, ¿cómo quieres que yo despida de repente á un hombre que en vida de nuestra madre ocupó tan señalado lugar en esta casa? Parecería eso muy mal. Ya te he dicho que cuando venga nuestro tío Plácido, que no puede tardar, iremos poco á poco separándole del cargo que ahora tiene...

—¡Mira que es muy malo, Águeda!

—Aprensiones tuyas, hija mía.

—Y tuyas también, ¡ea! que por la cara que le pones, y alguna palabra suelta, conozco yo que no le puedes ver.

—Las niñas discretas no deben meterse con sus juicios en tales honduras.

—Eso es, ¡ríñeme ahora!

—No te riño, hija mía, sino que deseo que dejes á mi cargo ese asunto que me interesa mucho más que á tí.

—¿Y si me trata mal ese hombre?

—¡Se guardará muy bien de hacerlo!

—¿Y si no se guarda?