Mientras esto hacía el de á pie, el río seguía mugiendo, el viento rebramando, el agua cayendo, aunque no en tanta copia como antes, los truenos en todo su furor; y el caballero, sin apearse, envuelto en su capotón impermeable, que le cubría de pies á cabeza, inmóvil y negro como su cabalgadura, asemejábase á una estatua esculpida en carbón de piedra. En el relativo sosiego y bienestar que disfrutaba, tal vez se entretenía en meditar sobre lo que seguramente no se le había ocurrido mientras necesitó todas las potencias de su alma para salir del atolladero del mejor modo posible. Es casi seguro que jamás se había visto á sí propio tan diminuto y miserable. Sin contar el rayo, ni el viento furioso, ni el río desbordado, que podían pulverizarle, arrastrarle como á una pluma, ó sorberle como á una sabandija, la menor cosa de las que había sobre su cabeza y tuviera el capricho de dejarse rodar montaña abajo, podía sepultarle en un segundo, ó hacerle una tortilla, sin que sus quejas ni sus esfuerzos valieran más que el débil pataleo de la hormiga con que no se preocupa la humana soberbia cuando las aplasta á centenares con el pie. Es seguro que no iban por este lado las meditaciones del espolique. Hombre más rudo que el otro y más avezado á tales aventuras, sólo se ocupaba de tiempo en tiempo en sacudirse el agua de encima, como perro de lanas al salir del río, y en estudiar en el cielo el curso de la tempestad. Cuando estallaba el trueno movía mucho los labios, señal de que rezaba, mirando de reojo á su acompañado, que parecía no conmoverse con nada. Toda conversación era imposible allí: la angostura de la hoz estaba llena de los ruidos de la naturaleza; y aun andaban tan apretados y revueltos, que hasta las montañas temblaban y se estremecían no pudiendo echarse más atrás. No quedaba el menor espacio para la débil vocecilla del hombre.

Así transcurrió cerca de una hora. Entonces cesó la lluvia por completo; el viento llegó á ser hasta tolerable; agotáronse las cascadas de las laderas por secarse la fuente que las producía, y los truenos se hicieron más raros, aunque no menos fuertes.

Observólo el espolique, y dijo, mirando al de á caballo:

—¿Andando?

—Cuando quieras —respondió éste, que no deseaba otra cosa.

Y los dos tomaron el sendero agua arriba, delante el espolique, y siguiéndole á muy corta distancia el caballero.

—¡Vaya una noche de perros! —dijo éste—. Y ¿no había mejor camino que el que traemos para ir adonde vamos?

—Por todas partes se va á Roma, como dijo el otro —respondió el espolique—: todo el aquel está en ir por derecho ó en arrodear medio mundo. Tocante á lo presente, entre el valle de usté y el mío no hay otro paso que el de esta hoz.

—¡Parece que el huracán nos estaba aguardando en ella!

—Era de esperar, señor, según la nube que había y lo caliente del aguacero cuando salimos de Perojales... Pero ya se va pasando, gracias á Dios.