—Me alegro por el miedo que llevas.
—¡Caráspitis!... ¡miedo yo?... Respeto, podrá que sí, porque siempre se le tengo á Dios, y mayormente cuando se enfada como esta noche... ¡pero miedo!...
—¿De manera que tú crees que todo el estrépito que nos envuelve es efecto de la cólera divina?
—¿Será usté capaz de no creerlo así?
—Por consiguiente, no estarás muy seguro de que, como pecador, no te parta un rayo...
—Como cada hijo de vecino, señor. Pero como para estos casos está en el cielo Santa Bárbara, la rezo una oración que yo sé; y hala que te vas... porque, según dice un libro que yo leí cuando andaba en escuelas menores, «para la ira de Dios no hay castillo fuerte;» y si el enfado es conmigo, el rayo me ha de partir, métame donde me meta.
—Entonces, ¿para qué Santa Bárbara?
—Hombre... porque nunca está de más.
—Me gusta esa conformidad.
—Pues mire usté, señor: que valga, que no valga, con ella me arreglo tan guapamente para andar por estos senderos y otros amejaos, de día y de noche, sin temor de cosa alguna... Y eso que dicen lenguas que si estos temporales los traen conjuros que se hacen á gentes con sus mases y sus menos de demoniura, y que si estos truenos y pedriscos son los mengues que ajuyen del hisopo del señor cura cuando lee los Evangelios...