—¿Todo eso dicen?

—Como usté lo oye... Pero yo, ni por esas... Mucho cuidado ahora, señor, que estamos en un mal paso: aquí mesmamente, onde tengo el pie... Hay más de veinte varas á plomo hasta el río... Venga el ramal del freno... Poco á poco... poco á poco... ¡Ajajá! ¡ya estamos en seguro!... Á bien que la caballería, aunque no es muy jampuda, es firme de pie... Pues, como iba diciendo, que vengan rayos y centellas; porque mientras yo me agarre á ésta... ¿La ve usté bien?

Y al hablar así el de á pie, vuelto hacia el de á caballo, le mostraba una cruz formada con el pulgar y el índice de su mano derecha, mientras con la izquierda arrimaba el farol á ella.

—¿La ve usté bien? —insistió.

—Perfectamente, amigo —respondió el otro sonriéndose, como si penetrase la intención del espolique.

—Pues ahora —concluyó éste—, que vengan... ¡Santa Bárbara bendita!

Hizo esta invocación el buen hombre tapándose los ojos con la mano, porque hubiera jurado que las llamas sulfúreas del averno brotaban de las aguas del río y por todas las hendeduras de las peñas, y que los montes se desplomaban sobre su cabeza. No se había oído en toda la noche trueno más horrísono, ni se había visto relámpago más deslumbrador, ni intervalo más breve entre uno y otro. Al choque de aquella tremenda descarga, rodó un peñasco hasta el río desde la cumbre del monte del otro lado. Hízoselo observar el caballero al de á pie, y le dijo en son de broma, aunque no sin emoción:

—Resueltamente no van con nosotros estos furores celestiales.

—¡Caráspitis, qué chanzas gasta usté en cosas tan serias!

—Pues mira, te declaro, con toda ingenuidad, que estoy deseando salir cuanto antes de estas peligrosas estrecheces.