—Muy bien está —le dijo— todo eso que me refieres; pero advierte que deseo saludar cuanto antes á la señora, y dime si podré hacerlo.

—¡Eso no se pregunta, señor don Fernando!... digo, paréceme á mí, salvo tropiezo que no barrunto á la presente...

—Pues recoge mi caballo... y hasta luégo.

Hízolo así Macabeo; y mientras le llevaba de las riendas á la cuadra, Fernando abrió la portalada y entró en el corral.

Águeda se hallaba sola. Anunciáronle una visita; y sin dársele tiempo para preguntar de quién era, ya apareció Fernando en la estancia, pálido y torpe, como colegial delante de su maestro. Águeda, al verle, se puso no pálida, sino lívida.

—¡Virgen santa! —murmuró apartando los ojos de Fernando.

Á esta escena siguieron frases descosidas y actitudes violentas que se dejan adivinar fácilmente. ¡Donoso estaba á la sazón el impávido adalid de la nueva ciencia! ¡Temblar delante de una señorita de aldea, el que erguido sobre la tribuna ponía en efervescencia á la muchedumbre con el vigor de su palabra!

Precisamente á estos recuerdos se agarró Fernando para adquirir la serenidad que le faltaba en aquel trance, que no dejaba de ser espinoso para él, como se verá por lo que sigue.

Encauzada, al fin, la conversación, gracias al esfuerzo de voluntad del joven, llegó á decir Águeda:

—Veía la muerte junto al lecho de mi madre; juzgué que el doctor Peñarrubia era el único recurso humano que podía salvarla, y le busqué.