—Eso es decirme, Águeda —replicó Fernando—, que yo he creído que en la carta escrita á mi padre iba la llave para que yo abriera estas puertas que se habían cerrado.
—Esto es dar á un hecho la única explicación que tiene.
—Y por ventura ¿le he dado yo otra distinta?
—Expongo la razón de mi conducta.
—¿Á quién? ¿Á mí? ¡Ay, Águeda! ¡desgraciadamente no puedo invocar ese derecho!
—Pero yo le reconozco en quien acaso me escucha en este instante: su memoria es mi juez, y ha de serlo.
—No olvido que ese juez me cerró estas puertas.
Águeda calló.
—Ni que tú echaste la llave —añadió Fernando—. Ya ves que es ocioso recordármelo.
—Entonces ¿por qué has venido?