—Porque no pensé que en estas horas supremas en que la costumbre obliga á ser paciente con tantas protestas falsas de cariño, fueras desdeñosa con el único corazón que mide y siente la magnitud de tu pena.

Águeda oyó el eco de estas palabras en lo más hondo de su pecho, y se abandonó al dulce sentimiento que las inspiró.

—¡Si vieras, Fernando —dijo, con los hermosos ojos arrasados en lágrimas—, qué triste es la soledad en que me hallo! ¡Si vieras qué grande, qué obscura y qué fría me parece esta casa desde que se fué para siempre quien la llenaba toda!

—¡Te crees sola, Águeda —repuso el joven, reanimado con esta sencilla denuncia de un afecto aún palpitante—, te crees sola, y te complaces en alejar de tu lado á los que te aman!

Como si estas palabras hubieran vuelto á Águeda á la línea de un deber olvidado, preguntó con firme entonación, mirando con valentía á Fernando:

—¿Hubieras venido hoy á esta casa hallándose mi madre viva en ella?

—¡Te juro que sin ese propósito no hubiera vuelto á la Montaña!... Y ¿cómo renunciar á él? Se desecha un antojo pueril; se arroja á los vientos del olvido la ilusión de un día; pero no se arranca del pecho jamás lo que ha arraigado allí con la fuerza y la voluntad del destino. Esto lo sabes tú muy bien, Águeda, ó no me decías la verdad cuando el abismo no se había abierto aún entre nosotros. Pues bien: los abismos, ó se llenan ó se salvan, según sea su profundidad. Yo no conozco todavía la del nuestro; para conocerla hubiera vuelto aquí.

—Te dije que este abismo no es de los que se salvan con puentes, y que es muy profundo para colmado.

—Ese dictamen tuyo pudiera no ser el mío. Lo cierto es que me hablaste del conflicto, que me indicaste algo sobre su naturaleza; pero nadie accedió entonces á mis deseos de examinarle con serenidad. Una voluntad de hierro se opuso siempre...

—Pues esa voluntad, Fernando, es la que sigue mandando en esta casa; y entiende que, sin ella, la mía hubiera bastado para cerrarte estas puertas.