—¿Y piensas, Águeda, que eso es obrar con justicia?
—Sé que obro con la ley de Dios; y esto me basta.
—¿Y es ley de Dios negar la luz al que perece en la obscuridad; arrojar en la sima de todos los tormentos al que camina por una senda despejada en busca del bien que ya tocan sus manos?
Águeda miró á Fernando con fijeza, y le dijo:
—Cuanto más grande es el bien que se busca, más heróica es la abnegación que se necesita para renunciar á él.
—Y si el bien es lícito, ¿por qué no hemos de alcanzarle?
—Recuerda, Fernando, en el caso presente, el abismo de que hablabas. No es necesario que yo te diga su profundidad; tú la conoces. Llénale si puedes, ó retrocede. Salvándole á la carrera, no esperes hallarme á la otra parte... Y mira ahora lo que me rodea; ve la ocasión en que me arguyes; vuelve los ojos atrás... ¡y ten compasión de mí!
El llanto ahogó la voz de Águeda. Fernando sintió en su corazón un dolor agudo, como si aquellas lágrimas se le abrasaran, y replicó conmovido:
—Perdona, mi bien, las penas que te causan estos quejidos en que rebosa mi pecho. No vine hoy á tu casa á hacerte llorar, sino á llorar contigo; estábanme cerradas sus puertas, y he tenido que asaltarlas para entrar; podías creerte ofendida, podías despedirme sin oir la razón de mi venida, y este temor de un suceso que habría de causarme tantas, tan diversas y tan hondas heridas á la vez, privóme de la serenidad para hablarte como un amigo que deplora tus penas. Lo demás, Águeda, ha venido ello solo; porque de la abundancia del corazón habla la boca. Dícesme que vuelva atrás la vista... Un año há que no sé mirar á otra parte; porque vivo de los recuerdos desde que se cerró el camino de mis esperanzas... ¡Déjame evocarlos, Águeda!
—¡Apartarlos de tu memoria fuera mejor para entrambos! —dijo Águeda con angustia.