—¡Tanto valiera —repuso Fernando con vehemencia— quitar la luz á mis ojos! No tengo fuerzas, Águeda, para arrancarte de mi pensamiento, ni al precio de ese sacrificio quiero la vida.

—Esa vida no es tuya, y has de aceptarla por triste que sea.

—No es mía, es verdad, pues te la consagré al conocerte.

—¡Tu vida es de Dios, Fernando: no lo olvides!

—Yo no sé más sino que es muy amarga sin tí, y que no puedo con ella.

—Arrástrala como cruz, que Calvario es el mundo.

—¡Ayúdame al menos á llevarla!

—Y ¿á quién encomendaré la mía, Fernando? ¡Si vieras lo que pesa!

—¡No lo parece, Águeda!

—¿Porque no me quejo como tú? ¿Porque no me rebelo?