—Porque si esa cruz que arrastras es como la mía, en tu voluntad está librarte pronto de ella... abreviando el camino.

—El que yo sigo no tiene atajos: con cruz ó sin ella, he de seguirle hasta el fin. Tocóme la cruz, y la llevo. Ese es mi deber.

—¡Dichosa tú si á tanto te atreves! Yo no tengo esa virtud.

—Porque te falta la fe.

—En tí puse la mía, y en tí la tengo.

—Ponla en cosa más alta, si no quieres perderla.

—No podemos entendernos así, Águeda: yo mido un hecho con el criterio humano, y tú le contemplas desde los ideales de tu fantasía religiosa. Desciende por un instante al mundo de la realidad, y júzgame entre los hombres y con la razón de los hombres. El destino quiso que tú y yo nos halláramos, porque nos había arrojado á la vida para eso. No recuerdo cómo te lo dije, ó si te lo dije con palabras; pero sé que cuando sentí que te amaba, ya lo sabías tú, como yo supe que era dueño de tu corazón sin que me lo confesaras. Desde entonces, nuestros pensamientos fueron limpio cristal para los ojos del alma; y mientras la tuya se recreaba en contemplar la pureza de los míos, comprendí que había en el mundo algo más grande y más hermoso que el amor á los aplausos y á la gloria; y era la gloria de ser amado por tí. Ni inquietudes, ni dudas, ni recelos, ni vacilaciones nos atormentaron jamás: como si fuéramos los únicos moradores de la tierra, el afecto que nos unió no podía tener otros partícipes que nosotros mismos. No fueron muchas ni largas nuestras entrevistas, ni el misterio ni el vano alarde las acompañaron; brotaba el amor de nuestros pechos sin esfuerzo ni violencia: una palabra sola bastaba para traer á los labios todo el corazón, como del grano depositado en la tierra brota la flor fragante al dulce calor de la primavera. Al alejarme de tí por largo tiempo, parecíame que no nos separábamos; pues si perdía de vista al sol, acompañábame su luz iluminando todos los horizontes de mi vida... ¿Cabe amor más puro ni más intenso, Águeda?

Ésta, invencible y severa, no dijo una palabra. El otro continuó:

—Hasta aquí, lo llano y placentero; las auras perfumadas y el ritmo sublime de todos los cánticos de la naturaleza. Desde aquí, las sombras de la noche, el frío y la soledad. Un día, por virtud de extrañas sugestiones, ó por los recelos que produce en el país el nombre que llevo, ó porque el destino así lo decretó, tus creencias ortodoxas quisieron registrar el fondo de mi conciencia. Obra son del convencimiento y de la reflexión las ideas que tengo y profeso acerca de ese punto de eterna controversia; y como no sé mentir, no os oculté que había grandes y radicales discordancias entre tu modo y mi modo de ver esas cosas.

—¡Y se abrió el abismo entre nosotros! —dijo Águeda.