—¡Le abrísteis! —replicó Fernando—. Tu madre creyó ver en el suceso una providencial advertencia, y discretamente nos trazó el camino que en adelante debíamos seguir... Sin embargo, no fué su boca, sino la tuya, la que me hizo conocer su acuerdo inclemente.

—Si con esa advertencia quieres ponderar mi dureza contigo, recuerda lo que ya te dije otra vez, y verás que no me remuerde la conciencia: yo sola hubiera tomado esa misma determinación, á no tomarla mi madre.

—¡Tan grave te parece aún mi delito!

—¡Enorme, Fernando!

—Y no obstante, jamás quisiste someterme á un juicio desapasionado y sereno.

—En delitos de esa naturaleza, no hay grados. Ó se delinque, ó no se delinque. El más ó el menos importa muy poco. Desconociendo mi fe, lo mismo nos separa un punto que la inmensidad.

—Eso me dijiste también entonces con harto asombro mío. ¡Qué mal se compadecía, Águeda, el rigor de esas palabras que me mataban, con la dulzura de tantas otras con que me diste la vida!

—No está la muerte en la sentencia, sino en el reo que la merece.

—¿Y por ventura sé yo todavía lo que soy en este proceso extraño? Reo me llamas, y sin oirme me condenas; busco en mi corazón y en mi conciencia el delito de que me acusas, y no hallo sino amor y adoración por tí; y tú, en pago, me matas.

—¡Yo!