—¡Sí, Águeda, tú! Mi vida, desde que nos hallamos, está en el ansia de llegar á tí, para no separarnos jamás. En la senda me encontraba ya. Tú me cerraste el paso.
—Sé más justo: te señalé el obstáculo que te le cerraba.
—Abismo le llamaste.
—Y lo es por lo que nos separa. También te dije: «cólmale y pasa, si quieres acercarte á mí.» ¿Lo has intentado siquiera, Fernando? ¿Qué esfuerzos puedes invocar que abonen la razón con que me llamas cruel é injusta?
—¿Y qué esfuerzos cabían en mí? ¿Por ventura se cambian cada día las convicciones? ¿Podía yo dejar de pensar como pienso por el solo hecho de saber que no pensaba como tú?
—Podías, cuando menos, no haber ahondado la sima.
—¿Luego, la he ahondado?
—¡Cosa extraña! antes de surgir el conflicto, la misma prudencia era tu boca en asunto tan grave; desde que la fatal discordancia nos separó, tus actos públicos han sido una incesante batalla contra los dogmas augustos de la fe. ¿Qué juicio debo formar de tus propósitos?
—Ninguno que no me favorezca, Águeda. La casualidad ordena á menudo las cosas de ese modo.
—Y la casualidad fué, si no la Providencia, la que puso en mis manos los impresos relatos de esas tus proezas.