—Lejos de tí, nimio y pueril consideré el motivo de nuestra desavenencia, é indigno le juzgué de someterle al temple de mis arraigadas convicciones; escrúpulo me pareció de los que se desvanecen con el soplo de la reflexión, y dejéle intacto en espera de las que pensaba hacerte.
En esto, arrastráronme las circunstancias á una de las batallas que tú lamentas, y entré á pelear con todas mis armas, sin pensar que pudiera herirte con ellas; antes bien, como los paladines legendarios, invoqué tu nombre en demanda de valor y de fuerzas; y cuando los aplausos (perdona esta candorosa declaración) me anunciaron la victoria, sentí no tenerte á mi lado para depositar los ganados laureles á tus pies. En cuanto á mi tesis doctoral, otra de las nefandas batallas, á lo que presumo, con decirte que la escribí antes del fatal suceso, quito toda la maldad á tu sospecha. ¡Ahí tienes lo que queda de mis supuestos propósitos de hostilidad y rebeldía!
—No te creí movido de los de tal índole; pues para admirar tu talento, no he necesitado verle brillar entre los aplausos del mundo. Tú me has dicho que de la abundancia del corazón habla la boca. De la abundancia del tuyo brotaron aquellas herejías cuando yo te soñaba meditando sobre las que me declaraste aquí. Esa abundancia, y la ocasión en que la conocí, son lo que deploro: con ello ensanchaste la sima que nos separaba.
—Águeda —dijo aquí Fernando con acento conmovido, después de meditar un rato con la frente entre las manos—, me persuado de que nuestros criterios son incompatibles para juzgar de este conflicto; sin embargo, el trance es para mí, entiéndelo bien, de vida ó muerte. No te pido que, en virtud de estas declaraciones, me abras las puertas de tu casa y vuelvan las cosas al estado en que se hallaban hace un año; pero te suplico, de rodillas si es necesario, por el amor que inunda mi alma, por el que aún late en tu pecho, que me oigas una vez siquiera con oídos humanos; que me juzgues con la razón fría y desapasionada. ¿Quién sabe, Águeda, si la mujer que supo hacer vibrar en mi pecho desconocidas cuerdas, logrará con la luz de su talento y de su fe iluminar eso que tú crees antros de podredumbre y de maldad!... Ya ves si quiero transigir... Además, á mí nunca se me dijo que esas diferencias pudieran ser obstáculo á ninguno de los fines honrados de la vida... Con la buena fe de esta ignorancia te conocí y te amé. Acéptala en descargo de mi culpa, y óyeme... no ahora, sino cuando pasen algunos días, y con ellos lo más amargo del dolor que te aqueja... En suma, Águeda, ¡que no sea ésta la última vez que yo hable contigo con el derecho de decirte que te adoro!
Águeda oyó estas súplicas con el alma acongojada, pero con heróica resolución. El trance en que se hallaba la infeliz, era por todo extremo complicado.
—La extensión de tus errores —respondió— me deja sin la menor esperanza de que algún día se acorten las distancias que nos separan. ¿Á qué tu empeño en estrechar esos vínculos, que al fin han de romperse? Y cuenta que temo por tí, Fernando; porque te veo sin armas para luchar contra los obstáculos; sin fuerzas para resistir el peso de tu desdicha. No obstante, si tan extrema es la necesidad que sientes de que te oiga una vez más; si complaciéndote en ese deseo te pongo en ocasión de que tus ideas puedan tomar otro rumbo, satisfáganse tus ansias. Pero entiende que no se quebranta mi fe con argumentos sutiles. Guárdate de hacerlos, y no olvides que sólo con la ley de Dios, no en los labios, sino en el corazón, has de reinar en el mío.
Fernando, educado en la lucha de las ideas, tenía tal confianza en el poder de las suyas, que se atrevió á considerar como señal de victoria la concesión que Águeda le hacía. Despidióse de ella todo lo animoso que podía estar en aquel paréntesis de desesperación, y salió. Cuando el rumor de sus pasos dejó de oirse, Águeda cayó de rodillas ante un hermoso crucifijo que había en la estancia, y exclamó desde lo más hondo de su pecho:
—¡Señor y Redentor mío, inspírale! ¡Envía á su corazón una chispa de tu gracia! ¡Que crea y se salve, aunque yo le pierda; y si el peso de sus errores ha de vencerle, que no me falten las fuerzas para llevar con resignación la cruz de mi desventura!