IX
LOS TRAPILLOS DE MACABEO
Al mismo tiempo que Fernando abría el postigo de la portalada para salir del corral, iba á entrar en él don Sotero. Halláronse, pues, frente á frente y á media vara de distancia, los dos personajes. Fernando retrocedió como si hubiera pisado una culebra. Don Sotero, con la cabeza gacha, según su costumbre, después de detenerse un rato como para ceder el paso al joven, díjole, mirándole al mismo tiempo por debajo de la espesura de sus cejas:
—No me pesa verle á usted bueno, caballerito.
—Me explico sin esfuerzo esa satisfacción —respondió Fernando apretando los puños.
—¡Es tan natural! —replicó don Sotero, dando á lo que se veía de su cara toda la expresión de bondad que cabía en ello.
—¡Como todo lo que usted hace y cavila! —dijo el otro mirándole iracundo y no disimulando la impaciencia que le consumía.
—¿Parece que andamos muy de prisa?