—¡Mucho!
—Pues no se detenga por mi causa, señor de Peñarrubia... Verdad que hubiera tenido grandísimo placer en hablar un ratito con usted...
—¡Conmigo! —exclamó Fernando entre azorado y desdeñoso—. ¿Aún tiene usted algo que exigirme?
—¡Exigir, señor don Fernando! —repuso don Sotero con asombro—. Pues ¿acaso he exigido yo á usted cosa alguna en todos los días de mi vida?... No, caballerito, no: harto más desinteresadas y piadosas son mis intenciones, como tendrá ocasión de verlo... porque supongo que usted ha de menudear sus visitas á esta casa...
—¡Todo cuanto me sea posible! —respondió Fernando en un arrebato de ira.
—Perfectamente —añadió don Sotero imperturbable—. Pues en una de esas ocasiones, verbigracia, en la primera, se llega usted en dos saltitos á mi casa, que siempre está á su disposición, y allí... ó en esta misma, si usted lo prefiere, echamos un párrafo, como dos buenos amigos... Conque, señor don Fernando, tengo muchísimo que hacer adentro... y hasta la vista, si Dios quiere.
Con estas palabras, un gesto muy risueño y un saludito con la mano, se despidió don Sotero y dejó la puerta libre, por la que salió Fernando sin mirarle, pero royéndose los labios de ira.
Al poner los pies en la calle, se le acercó Macabeo con el caballo embridado.
—Á tiempo llego, por lo que se ve —dijo el buen hombre sin poder corregirse de aquella locuacidad que le consumía—. ¡Pues dígote que la visita no ha sido floja, caráspitis!... Me alegraré que sea para bien, señor don Fernando.
—Gracias —respondió éste maquinalmente, mientras ponía el pie en el estribo.