—No hay por qué darlas —añadió Macabeo tirando del otro hacia abajo con todas las fuerzas de su mano izquierda, y sujetando con la derecha el caballo por el freno—. Si el dinero abundara en mí como los deseos... ¡madre de Dios! ¡Buenas piernas le llevan, señor don Fernando!... Á pique estuvieron de cansar á las mías aquella noche... ¡Caráspitis! más valiera no acordarme de ella... Quiero decir que conozco el animal como si le hubiera parido. Conque vea usted en qué otra cosa puedo servirle, y buen viaje.

—Gracias, buen Macabeo... y hasta la vista —dijo Fernando, dejando caer una moneda de plata en el sombrero que aquél tenía entre sus manos. Luégo arrimó las espuelas al caballo, y partió.

—¡Que se deja usté aquí esto! —gritóle Macabeo alzando la moneda.

—¡Guárdatela! —respondió sin volver la cara el que se iba.

—¡No la he ganado! —volvió á gritar Macabeo.

—¡Bébela á mi salud! —le respondieron.

—¡Si no lo cato, hombre de Dios! —gritó más recio el otro.

—¡Pues échala al pozo! —se oyó decir confusamente á Fernando, al doblar el ángulo de la calleja que conducía al camino de la sierra.

—¡Caráspitis! ¡eso sí que no! —murmuró Macabeo, guardando la moneda en el bolsillo después de darla unas vueltas en la mano.

Luégo se quedó pensativo, mirando en la dirección que había llevado el joven.