—¡Y es galán de veras, y vistoso como una romería! La entraña, no puede ser mejor... el ojo, noble como el de un rey... Lo que le pierde es la casta... Relative á la casta... la casta es mala, ¡mala si las hay! ¡Caráspitis! ¡Vaya una pareja que haría con la señorita!... ¡Ni pintados en un papel!... ¡Á que no han dado en ello las almas de Dios?...
En esto, cruzó por delante de él una moza bien metida en carnes, no muy fresca de cutis, abierta y desengañada de fisonomía. Iba en mangas de camisa, con refajo corto y en pernetas, y llevaba un sombrero de paja en la cabeza y una azada al hombro. Al cruzarse con Macabeo, cantó con toda la fuerza de sus pulmones:
Todas las gentes me dicen
¿cómo no te casas, Juan?
Las que me dan no las quiero;
las que quiero no me dan.
Escuchó Macabeo el cantar, y dijo á la cantadora:
—¡Angunos conozco yo, Tasia, que si se visten la seguerilla les asienta como el pellejo!
—No la eché yo porque arrimara al tuyo —respondió Tasia.
—Ni yo te lo dije porque me resquemara.