—Pues, hijo, lo parecía por lo súpito que la agarrastes.

—Al que más y al que menos, pudo sucederle otro tanto, que limpio no anda naide de esa calentura... y bien lo sabes tú.

—No lo dirás por los memoriales que te he echado.

—¡Ay, Tasia! ¡con el primero te sobraba!... Dígotelo porque no me come la fantesía... ¡Más me comen otros resquemores!

—La que te parió que te entienda, Macabeo.

—Me paece que bien claro lo pongo, caráspitis... ¿Vas al resallo, Tasia?

—¡No, que iré á rozar!

—Sin sallar tengo yo la heredá del Regato entoavía, y alguna más que no digo.

—¡Y luégo saltarás si te ponen el ramo, como antaño!

—Enquina fué, y no otra cosa, Tasia, y maldá sería en el presente si tal pasara. Soledá y desavíos me atrasaron la labor entonces, y penas y laberientos de esta casa me traen ahora como estorneja días y semanas. ¿Y qué hacer? El pan comido tira siempre hacia quien lo dió; y, por otra parte, aquí están los míos, aunque ellos estén altos y yo en el estragal... ¡Ay, Tasia, qué solo me veo!