—Pues mira, Tasia, ya que le cataste, allá te le dejo; pero ¿por qué te quejas de su picor y no me agradeces la melecina?

—¿Ónde está ella?

—En los pesares que te canté. ¿Por quién los tengo? ¿Por quién sospiro?... ¡Y mira tú si me arrojo cuando el caso llega! Otra que tú no me oyó otro tanto.

—¡Vaya una renta la que me ofreces!

—Harto da, Tasia, quien desnudo se queda...

—Para poca salú, morirse es mejor, Macabeo.

—¡Y luégo te quejas, caráspitis, si te llamo cubiciosa!... Pues con el otro no cuentes.

—¡Porque á tí se te antoje!...

—¡Ay, Tasia, aunque yo no te ganara, más te valiera perderle! ¡Mira que es muy bruto!

—Tú no le has de desasnar.